Héroe sin flores

Tocas una cajita preciosa que tenías encima de tu mesa de despacho y una mota de polvo hace que la pirámide caiga, y con ella arrastras el infierno de los recuerdos, treinta o cuarenta años de vivencias que habías ocultado. Y los recuerdos de un periodista suelen ser pesados de soportar, por eso casi todos los enterramos. Eran años de terror en España y yo había caído dentro cuando me nombraron corresponsal de la Agencia France Presse en Madrid. ETA, esos malditos terroristas del no sabes por qué, mataban a militares, civiles, hombres, mujeres, niños, les daba igual. Ahora ya están en cárceles comodísimas y pronto les darán cargos políticos porque España es el país más siniestro del mundo, donde los amos son los demonios que todas las mañanas se afeitan entre las llamas del infierno. Algunos han muerto entretanto, afortunadamente. Ni Satanás puede con tanta maldad.

Javier fue el primer periodista de la AFP que me tropecé nada más llegar a Madrid. Echamos una noche de charla alocada porque él tenía guardia y a mí me gustaba saber con quién me gastaba los cuartos. Recuerdo que hicimos una especie de torneo del catastrofismo. Me contaba su vida como si fuera Lo que el viento se llevó. Y yo le contaba la mía un poco aturdido porque el jet lag de pasar de un país como Francia a otro como España, donde en cualquier momento alguien podía pegar una patada a la puerta de la Redacción y gratificarnos con cuatro tiros, o al menos darnos un susto para que aprendiésemos…

Javier conocía a las mujeres más bellas, a las que me presentaba con respeto. Incluso me dijo que su esposa, una grande de España se había matado hacía unos años en un accidente de carretera, “como tu hija”, agregaba a veces. Trato de componer los recuerdos y me sale un oficial del ejército con espuelas y todo y unas cejas que eran rizos que Javier me presentó. Era su amigo. Entonces no había esposa y yo no había entendido nada. De vez en cuando, el teléfono verde de la Redacción sonaba. Era el reservado, manu militari, por los terroristas para comunicarse con nosotros, comunicados y cosas tan agradables.

Escribo, escribo y no sé dónde quiero llegar. En realidad sí, es para decir que en aquellos tiempos de franquismo, era por 1988 y aunque Franco ya estaba muerto nada había cambiado. Javier pertenecía a una familia destacada de la sociedad vasca y estaba en San Sebastián como en su casa. Al año siguiente fuimos juntos a cubrir el Festival de Cine de San Sebastián. En poco tiempo, se había convertido en mi ángel de la guarda. Una tarde hacía yo cola en una alfombra roja para asistir en el Festival a una película…sobre ETA, cuando Javier apareció como una bala (¡Dios, que mala comparación!) y a empujones me metió en un café art deco vecino.

 –Escúchame, Berro. Siéntate. Cuando veas volar una silla métete debajo de la mesa, es de mármol y hierro, y no te muevas hasta que yo venga a buscarte.

Obedecí y cuando iba a dar mi primer buchito, una silla grandota y fuerte salió volando a veinte centímetros de mi cabeza. Me tiré al suelo con la velocidad del relámpago (o me pareció) y debajo de la mesa me di de bruces con el visón de una señora, probablemente de la Alta Sociedad, que les decía a los de fueras cosas en vasco.

Aquella misma noche, habíamos previsto una cena. Javier fue a recogernos. Pero nos paró con su cara seria y sus ojos hartos de haber vivido más que ellos:

-Pasad rápido. Hay dos muertos delante del portal. Afortunadamente son de ETA.

Javier era un héroe de aquel periodismo salvaje que nos obligaba a tener en la Redacción dos guardaespaldas o llámenlos como quieran, exigidos por los seguros. Pero tenían órdenes muy severas que yo les había dado:

-Si alguien entra con malas intenciones, os tiráis al suelo y no os movéis hasta que yo aparezca.

(Por supuesto, yo esperaba no aparecer).

Nunca tuvimos la visita, afortunadamente, del comando Madrid, el que, según las autoridades españolas, tenía a la agencia France Presse como uno de sus objetivos prioritarios. Pero yo lo que quería era hablarles de Javier y no lo consigo del todo. Hasta mi llegada había cubierto todos los grandes momentos de la actualidad terrorista, como la explosión de unos monumentales almacenes de Barcelona. Pero él no le daba importancia a nada. Parecía como si su sino le pesara. Era el primero que sabíamos que se podía mandar a la calle y con ETA no era una broma, aunque ahora les presenten a ustedes estos caballeros como gente maravillosamente simpática. Javier tenía un curriculum de intervenciones suficientes como para recibir un premio, que le anunciaron en un telegrama que llegó a mis manos. Lo pegué a la entrada para que todos los envidiosos de la Redacción lo vieran. Uno de ellos quiso quitarlo. Y le detuve jurándole que si tocaba aquel papelito tomaría la puerta para nunca más volver.

Me tiembla el alma recordando aquella mañana en el que Javier me invitó a tomar un café en la cafetería que teníamos en la puerta, en Paseo de Recoletos. Me enseñó un carné azul con sellos y apuntes a bolígrafo.

-Berro, tengo el hígado jodido…

-Déjate de leches.

Entonces miré más de cerca el carné. Por no sé qué circunstancia supe que era los que llevaban todos los enfermos de SIDA, enfermedad todavía demasiado joven como para que se hablara de cura.

Yo ya había regresado a París y una tarde un redactor me trajo un teletipo, cifras de la bolsa de Madrid, pero no se entendía nada. Llamé desesperadamente a Madrid. Javier ya había sido ingresado nada más salir ese cable. Estaba muy mal pero con vida. No, no cogí ningún avión para ir a verle a Madrid. Una amiga médica, esposa de Dominique, otro de los redactores madrileños, se cuidaba muy bien de él, me dije con toda la cobardía del mundo.

Al cabo de un tiempo me llamó desesperado: -Berro, ne quieren dejar sin paga la gente de la AFP.

Corrí al primer piso y entré de malas maneras en el despacho de la jefa de Personal-

-Escúcheme, si a Celigüeta le reducen un solo franco, los sindicatos la van a destrozar. Es el SIDA, Madame.

La cosa quedó ahí y Celigüeta siguió en el hospital y con sus dineritos.

Un día se murió, me lo dijo la médica. El entierro sería unos días después en San Sebastián.

-Mi esposa y yo queremos asistir al sepelio…

El padre de Javier, antiguo banquero, me contestó por teléfono y con exquisitez, que era imposible, que no nos molestáramos. Pronto comprendimos que no querían que hubiese gente de fuera que quizá en una conversación tonta y mundana pudiese aludir a la condición sexual del muerto. No hace mucho, o quizá una eternidad, estaba yo en un hospital de Málaga mientras a mi esposa le hacían unas pruebas de vida o muerte. Me sonó el teléfono móvil que acababa de comprar. Era la doctora de que les hablo más arriba. Hubo un silencio. Nos apreciábamos mucho y su voz destilaba angustia.

-Pierre, mi esposo se ha suicidado… Un tiro en la cabeza.

Dios mío, que no está en los cielos ni en ningún otro sitio, la china le había tocado a la mujer que había querido salvar a Javier. Su marido formaba parte de la Redacción AFP de Madrid.

 

LaFabricadelCine | Sb

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