El fin de los coronavirus negros

De pronto, los caballeros negros aparecieron de nuevo y por sorpresa en Europa. Encapuchados con sus horribles máscaras de un acero impenetrable, lo que acreditaba el mito de la inmortalidad, con caballos diabólicos que solo obedecían a sus amos en las tareas más sangrientas, con sus herraduras de metal precioso, ya no eran de plata sino de un metal que solo se encontraba en minas recónditas del Congo, avanzaban con un ruido estruendoso y terrorífico.

Pero esta vez no venían solos. La gente vio a su alrededor una nube pestilencial como de mosquitos, eran en realidad bichos diabólicos sacados de unos laboratorios de Wuhan en China que sembraban la muerte por donde pasaban. De ahí nacería la terrible frase de que la hierba nunca más crecía cuando los caballos del averno los habían pisado. Y sobre todo cuando los bichos llamados coronavirus se los habían tragado.

Los caballeros negros estaban más envalentonados que nunca. Tanto que ya desmontaban y dejaban cierta libertad a sus cabalgaduras mientras ellos tomaban lo que querían y gratis en las mejores hosterías. Porque se había descubierto que les gustaban todos los licores. Lo malo era que cuando los habían consumido en exceso se ponían rabiosos y ordenaban a sus acompañantes, los minúsculos bichitos llamados coronavirus X que atacaran a los humanos. Apenas los tocaban, pero ya estaban enfermos para toda la vida y si querían recibir los indispensables cuidados de los médicos, subyugados por las pagas en oro y brillantes que les ofrecían los caballeros negros, tenían que someterse cuerpo y alma a ellos. Las más bellas mujeres vendían sus cuerpos y tenían suerte las más queridas porque los bichos de la peste no les atacaban y además se convertían en especie de sultanas odiosas y que a su vez sometían a los otros humanos a sus más aberrantes caprichos.

Europa estaba convertida a la religión de los caballeros negros, aunque los resistentes se negaban a considerarlos como caballeros y, aún a riesgo de su vida, les llamaban a la chita callando los diablos negros. Las tropas de los imperios conquistados por las bestias se iban agrandando casi al infinito y las fuerzas que habían defendido hasta entonces esos territorios disminuyendo y escondiéndose, cuando no desaparecidas en combate.

Fue un año y medio de esclavitud en que las mujeres que no querían someterse a los conquistadores de rostro invisible eran plegadas de mil maneras. Sus esposos, amigos, padres, hermanos, eran llevados a unos lugares que llamaban campos de concentración donde los marcaban como al ganado y vivían entre la amenaza de los coronavirus, que podía ser mortal, mientras las mujeres no hubiesen cedido a los caprichos de los conquistadores.

Algunas de ellas que habían quedado embarazadas tras ser forzadas de la manera más horrenda por aquellos jinetes del infierno preferían a veces la muerte. Y ya no era difícil encontrar en los caminos más recónditos cadáveres de mujeres muy bonitas con el vientre que ellas mismas se habían abierto para abortar el fruto de los malditos.

Oficial de las tropas que en el pasado habían combatido a estos malditos jinetes del Apocalipsis, cada día más poderosos y más exigentes, el Comandante Paul se había refugiado hacía tiempo, tiempos de derrota, en Haití, donde una muchacha, Marina, que se enamoró locamente de él, le enseñó a escondida de sus mayores todos los secretos que habían permitido reinar en la isla a los más infames. Le enseñó nada menos que el secreto de los muertos vivos, los que en otros lugares llamaban zombies.

Cuando el Comandante Paul comprendió que sus tropas, eran millones de muertos vivos que no necesitaban nada para mantenerse activos, solo la voz de su amo, es decir la de Paul y la de Marina, su amor. Se dispuso a marchar a Europa. Pero antes, reunió a los notables de la Isla y se casó con Marina, la mujer que le había salvado cuando llegó a la isla.En barcazas aéreas que no existían más que en la imaginación de Ulises, pero que la diosa Circé, con su brujería, había transformado en transportes imbatibles, dos millones de muertos vivos tomaron un amanecer el mar.

Apenas en unas horas, Circé, la diosa bruja guiaba todas las maniobras mágicas, la flota de zombis llegó a Europa y desde el fondo del estrecho de Gibraltar fueron liquidando a los guerreros de los diablos. Los caballos se desmoronaban de pánico cuando veían a aquellos seres extraños contra los que ni siquiera los coronavirus podían hacer nada. Fueron batallas cruentas. Los caballeros del mal eran descuartizados, sus uniformes de acero arrojados al mar y ellos devorados por los hambrientos hombres salidos de la muerte de Haiti.

Fueron meses de mucha lucha, en la que las tropas de Paul y Marina utilizaban las más modernas armas químicas para acabar rápidamente con aquellos bichos que los caballeros del infierno habían colocado en su vanguardia, como impenetrables e invencibles. Cuando llegaron a la altura de la ciudad española de Barcelona, las tropas del averno y sus coronavirus habían sido totalmente diezmadas. Fueron días de gloria y de reconstrucción. La pesadilla que el mundo entero había vivido había desaparecido. La pandemia del coronavirus, como se le llamó, había desaparecido de la faz de la tierra. Y en todos los corazones estalló una aleluya imparable, gozosa, amorosa. Habíamos conseguido el derecho a seguir viviendo, sin necesidad de taparnos la boca como delincuentes a punto de un asalto. Y las sonrisas de las mujeres florecieron de pronto. Y las sonrisas de los hombres le replicaron del mismo modo. Y todos se fundieron en un abrazo.

¡Íbamos a vivir de nuevo.!

 

LaFabricadelCine | Sb

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