Fidel

Un atardecer, aunque quizá fuese por la mañana o tal vez a la salida del ascensor del Hotel Nacional, pensé que La Habana podía ser mi paraíso perdido, el que buscó Hemingway y nunca encontró, porque pegarse un tiro aunque sea con la mejor escopeta del mundo no es una solución. Una amiga de siempre y de nunca me enseñó por primera vez el Vedado. Había árboles pero no eran como los de París o Madrid, parecían tan solitarios como yo pero dispuestos a permitirte que te sentaras y que charlaras con ellos. Creí, como he creído tantas veces en la vida, que había llegado al puerto, allí donde se descargan todos los malos recuerdos y sigues en el barco solo con los más bonitos, con los que han adornado tu vida.

Fueron dos personas, ella y Chango, periodista internacional, argentino y creo que cubano de corazón –después de todos un paisano suyo es la imagen de Cuba, me refiero por supuesto al Che– los que me metieron sin quererlo en la perspectiva de un nuevo país, nuevas ilusiones. En aquellos tiempos éramos muchos los europeos que nos enamorábamos de Cuba, unos por la manera de vivir, otros por las mujeres, los más, y algunos porque pensábamos que allí se había experimentado una Revolución que pudo haber sido para siempre.

Yo ya había tenido un paraíso, Tánger, pero me había expulsado la política que se metió por medio. Luego le quitaron el sueño de Ciudad Internacional y todo se fue al carajo. Yo huí en un barco medio carguero por puro miedo a unos policías locos, como siguen estándolo, que podrían fastidiarme la vida por la estupidez de un artículo mal escrito ante la corte de Rabat. Siempre había creído que la salvación del hombre estaba en las mujeres, una Eva encontrada en cualquier parte y que pacientemente te enseñaba a vivir, a ser persona, a comprender la vida, algo que debe de ser difícil porque yo todavía no he aprendido.

Pero me equivoqué con Cuba porque aquello es tierra de hombres, no de hombrecitos que viven en la inopia. Cuando yo desembarqué la primera vez en La Habana ya había que ganarse la vida con mil dificultades, pero como yo estaba de invitado creía que todo sería Jauja. Y me equivoqué, como luego me equivocaría con aquel militar de uniforme verdoso cuyo olor me recordaba al de mi padre, ya saben el Coronel, vivo del cuento desde hace muchos años. Sí, el coronel que me engendró y luego se fue a sus cosas, a su vida, a sus guerras. Nunca comprendí porqué había dejado a mi madre. Ahora entiendo que debía considerar que esa etapa estaba acabada y que tenía otras misiones que cumplir. Y es cierto que luego en un libro descubrí que había dirigido los servicios secretos de Franco y otras cosillas.

Cuando aquella noche de diciembre cubano el enorme militar de voz silenciosa me dio las gracias porque había hablado bien del Festival de Cine de La Habana, lo cual consideraba por fin que se le hacía justicia, porque era como algo suyo, como creo que todo era en Fidel Castro, según me contó Pastor Vega una noche en el patinillo de la casa de Macondo de Chango, en una Habana misteriosa. Nunca he olvidado los pocos minutos que aquel hombre prodigioso, al que yo admiraba sin causa, sin interés medido, me concedió en aquel Palacio de la Revolución. Ya sé que no volveré a hablar con él. Porque si me hubiese atrevido y los guardaespaldas no hubiesen estado metidos casi entre nosotros, creo que le hubiese hecho una sola pregunta:

Señor Presidente, usted que ha marcado la historia, que nos ha devuelto la Revolución Francesa. Dígame por favor, un consejo: ¿cómo se puede ser feliz? ¿Es usted feliz? Cuando volví al hotel me acordé de pronto de los ojos de un Cristo que había visto una tarde de verano en una iglesia de Roma. Tenía los ojos tan profundos y marcados por la desesperación como la del hombre con el que acababa de conversar un ratito. Pero era mucho señor para un niño como yo y me quedé con el olor de su guerrera, que de vez en cuando vuelve, curiosamente cuando la tristeza me retuerce el cuello.

 

LaFabricadelCine | Sb

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