Cuando el mundo perdió la sonrisa

Cuando salió de su letargo habían pasado veinte meses y unos días. Más de año y medio de pandemia que había destrozado el mundo, que ya nunca sería igual. Algunos miles de personas, qué más da cuántas, habían muerto en los cinco continentes. Ya no importaban las guerras clásicas, las de siempre. Los israelíes seguían matando a palestinos, en África no paraba la sangría, pero nada de eso tenía importancia. Ni que en Siria siguiesen bombardeos y elecciones. Cuando subió al taxi para ir a un banco se dio cuenta de que no había pisado las calles de su isla africana desde más de veinte meses. El pánico del horror. En ese tiempo todo había cambiado definitivamente. Gobiernos arruinados, familias destrozadas y pueblos enteros metidos en las ya populares colas del hambre.

Para él la catástrofe se había saldado por la pérdida de todas sus ilusiones. Escribía, seguía escribiendo porque quería canalizar su angustia. La necesidad del gobierno de buscar dinero a toda costa le había pillado a él, con la exigencia de impuestos al borde de la demencia, que apenas podía pagar. Seguramente había mucha gente en la misma situación. Su hijo, que tenía un periódico digital y un negocio de maquetación informática que funcionaba bastante bien tuvo que cerrar. Todo el mundo cerró. Hasta los bares, lo que para un país como aquel era la señal de que el mundo se había hundido de verdad. Hospitales repletos de víctimas de la pandemia, del coronavirus. La mayoría moría, otros se agarrarían a las vacunas cuando las vacunas estuvieron listas. La vida de siempre se había acabado, y nadie sabía cómo enderezar la barra. El negocio del hijo se había hundido, y levantar algo entre ruinas solo los libaneses lo consiguieron en un tiempo porque vivían en guerra perpetua y vivir por morir, mejor era resistir. Pero en aquel pueblo de la punta de Europa nadie estaba preparado para hacer frente al vacío. Solo los bares, autorizados a abrir sus puertas, podían jactarse de ir tirando. Todo lo demás…

Lo triste es que esta guerra de la pandemia, jamás declarada pese a que todo el mundo sabía que había estallado y no por casualidad en China para exportarla en la feroz lucha que el país más marxista del universo había iniciado para convertirse en el más capitalista, destrozando a los propios capitalistas históricos. Lo triste es que aparte los bancos y cuatro listos, nadie sabía cómo resarcirse. Cuando el viejo se dio cuenta no tuvo ni ganas de rezar, porque además parecía que los dioses habían elegido el campo de los malos.

Hizo acopio de todos sus recuerdos para buscar en las películas la solución, como siempre había hecho, pero entonces era joven y tenía ilusiones. Cuando se le cayó encima que la Metro Goldwyn Mayer, la labradora de la mayoría de las grandes películas que se habían hecho en el mundo, la responsable de que todos hubiésemos podido soñar, había sido vendida a una empresa que nada tenía que ver con el cine, Amazon, el mundo volvió a derrumbarse. Todo estaba preparado para la aparición de otro mundo, con reglas muy distintas a las que todos habían conocido. Un mundo en el que nadie podía jugar porque no lo conocía.

La pandemia había permitido romper familias, círculos poderosos (la MGM por ejemplo), una manera de vivir distinta. Era como cuando la II Guerra Mundial, en 1945, destrozó el esquema mundial político-geográfico. Nada fue lo mismo. Los sufrimientos de más de cinco años de horrores, campos de concentración, expatriaciones forzadas, destrozo de la unidad familiar, hicieron que cuando se firmó la paz nada había quedado igual. Todo estaba patas arribas. Hubo nuevos vencedores a nivel mundial, nuevos perdedores. Los norteamericanos, siempre a la punta de la novedad, habían horrorizado lanzando dos bombas atómicas sobre Japón. El horror tecnológico.

El viejo periodista se acordaba de que un día el mundo, repentinamente, en todas partes casi al mismo tiempo salvo por las diferencias horarias, el mundo había dejado de sonreír.

A las estrellas amarillas que ponían los nazis a los judíos sucedieron mascarillas que dificultaban la respiración. Era la nueva estrella de los vencidos, toda la humanidad.

Al principio, tuvo esperanzas de que todo cambiase rápidamente pero se dio cuenta de que tantas restricciones impuestas para luchar contra la pandemia, encierros en domicilios y lugares de residencia, prohibición de circular por donde se quisiera, la policía estaba alerta, prohibición de salir de los países, traía el recuerdo de las pandemias de la Edad Media, cuando carros a veces tirados por animales y otras por hombre pasaban por las calles silenciosas para recoger cadáveres.

Ahora lo que más se notaba era la pérdida de ilusiones. Y se recogían las ganas de pensar, de querer, de abrazar. Pero todo estaba prohibido. Los clandestinos hacían el amor a escondidas y los más desesperados se reunían en misas paganas alcoholizadas para quitarse el miedo de encima. La mayoría de las veces, esta liberación era la de contraer la enfermedad y pudrirse en una unidad de urgencia de cualquier hospital donde todavía hubiese sitio.

Como en todos los momentos de grandes desesperaciones, vivimos instantes grandiosos de heroísmo. Jóvenes enfermeras que no vacilaban en jugarse la vida recién empezada que todavía ni siquiera habían vivido.

En una playa donde habían llegado ocho mil marroquíes empujados por el sultán de Marruecos, para malmeter con España, una enfermera no vacilaba en coger en sus brazos a un pobre negro medio tísico, y juntos bailaron entre lágrimas la danza del amor sin miramientos. Ella, una cría de veinte años, ignoraba si el hombre al que le abrazaba sus miedos estaba vacunado contra la pandemia, si no tenía otras enfermedades.

El mundo entero sonrió y lloró con esta maravillosa imagen.

Pero ya para entonces todos estábamos seguros de que el cambio había sido total. El mundo ya nunca sería el mismo.

Nunca más volveríamos a sonreír con la misma alegría, como lo hacíamos antes. Nunca más volveremos a rezar con la misma ilusión y fe.

LaFabricadelCine | Sb

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