Ya no nos queda ni París

De haber visto “París, Paris (“Faubourg 36”), Humphrey Bogart no habría podido inmortalizar nunca aquel murmullo desesperado y a ratos desesperante de que siempre tendremos París como una tabla de salvación en nuestras vidas. Le hubiese reventado el labio como una granada madura al pronunciar la terrible frase que tantas vocaciones filosóficas ha suscitado y nosotros no tendríamos “Casablanca”. “París, París” es una vieja película inmadura, porque hace falta madurez para hacer ciertas cosas, como componer música, escribir y filmar. Y si su director, Christophe Barratier, arrasó con “Los chicos del coro”, ahora no hace más que provocar sano, profundo y más que justificado cabreo en quienes todavía creen que el cine no es sólo un problema de matemáticas con resultados de seis ceros taquilleros. Barratier había tenido al estupendo Gérard Jugnot como protagonista de “Los chicos del coro” y creyó sin duda que todo el monte de los sentimientos es canela en rama y que volviendo a meterlo en la cabecera del reparto de “París, Paris”, sería suficiente para atracar los corazones. Desde que empecé a hacer crítica de cine, a los finales de los cincuenta, siempre me ha deprimido hasta el final de los noventa minutos reglamentarios que se tome a los críticos por borreguiles analfabetos a los que puede conquistarse con trocitos de buenas intenciones y una enorme dosis de cuentos chinos de tienda barata abierta todos los días, incluyendo festivos y semana santa. La película quiere ser la crónica de un teatro de variedades de un barrio añejo de París cuando en 1936 llega al poder el gobierno del Frente Popular y el socialismo y la derecha se ensalzan en esa lucha de siglos que siempre pierden los mismos. El teatro, al frente del cual se ha puesto el orondo Jugnot, se convierte en el símbolo de la luchaentre el bien y el mal. Y, qué cosas tiene la vida, por primera vez ganan los buenos sin que tengan que llamar al Séptimo de caballería.

Dicen las malas lenguas que los autores de esta cinta pensaban en renovar la infinita dulzura de “Los chicos del coro”. Pero falta el coro y sobran los listos que confunden socialismo humano con llorisqueo de novela por entrega mal entregada. Pero son tan listos que cuando ya te agarras a la butaca desesperadamente para no fallecer en el intento de llegar al final, una muchacha de cara bonita canta, se sacan de la manga algún estribillo de Charles Trenet y aguantas otro cachito. Vuelve el tedio y aparecen videoclips musicales que quieren hacerte el boca a boca.

Crecí en París como hombre y como periodista y en esta Costa del Sol tan lejana me metí en el cine en busca de un ratito de ternura de casa. Qué decepción, Dios mío. Salí tan descentrado que no pude siquiera cumplir con el rito de meterme en la hamburguesería de la esquina cada vez que veo una mala película. París no es únicamente la más bella ciudad del mundo, que poca gente conoce porque la mayoría solo visita los cuatro monumentos de rigor antes de precipitarse en el Metro para aterrizar en EuroDisney. Esta cultura de bellacos hace imposible que casi alguien sepa que París es, por encima de sus tejados tan cinematográficos, un estado de espíritu, una forma de vivir, una forma de amar en su tiempo, de pensar cuando ya se ha perdido casi todo.

Cuando llegué allí en 1957 yo ignoraba todo eso, como cualquiera de esos mentecatos, grandes y pequeños que conocen mucho más íntimamente, y hasta balbucean con ellos inglés de comida rápida, a los personajes de Disneyque los cuadros del museo del Louvre. Muchos se dan por satisfechos y consideran haber cumplido con su cuota cultural cuando consiguen por unos euros la imagen de la presupuesta misteriosa sonrisa de Mona Lisa en un cenicero y se hacen con el escultural cuerpo de la Venus de Milo, la única mujer que no necesita brazos para que abrazar, en una muñequita de plástico comprada en un puesto de suvenires. Aunque en el fondo más vale que sea así.

Entiendo que todo el embrollo sobre las bondades de París surgieron con “Casablanca”, filme encargado por los militares norteamericanos en el esfuerzo de guerra que también querían ganar a través de las pantallas. Una cinta de propaganda que nos rebota todos los días en la cara como el icono civilizador. ¿Se han preguntado ustedes alguna vez cómo a los artífices de la película del Humphrey Bogart se les ocurrió titularla Casablanca, cuando nunca habían utilizado ese nombre más que para referirse a la residencia presidencial de Washington? Dicen que buscaban un lugar de perdición donde un resistente contra la Alemania de Hitler pudiese vivir su penúltima aventura.

De la ciudad del norte de África con nombre presidencial oyeron probablemente hablar porque las fuerzas norteamericanas que en 1942 andaban ya por Africa pensando en la liberación de Europa habían desembarcado enuna ciudad llamada Casablanca. El colmo del despiste es que era la capital del protectorado francés en Marruecos, es decir de la Francia del mariscal Petain, amigo de los alemanes, con lo cual la permanencia de grupos antinazisen sus aguas estaba condenada al fracaso.

Pero, miren, qué se le va a hacer. Después de haber sufrido “París, París” en sus carnes, a uno le sobran perdones para todo el mundo. Aunque, se tire por donde se tire, a estas alturas de la película, ya si que no nos queda ni París. Y cuando oiga una vez más al Humphrey recordármelo cortaré el sonido con la misma inmisericordia con la que se le arranca el sonotone a un ciego que no quiere oir.

LaFabricadelCine | Sb

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