La Cuba que Fidel no conocería

Ay, mi inconstante Cuba, que nunca se sabe cuándo vas a inventar la vacuna contra el coronavirus, que muchos te critican y se carcomen de envidia allende los mares, que cuando vamos a tener suficiente para el almuerzo de esa viejecita hecha un moño que aparece en la foto de la cola, delante de un establecimiento en La Habana. Ay, si yo pudiera contarte todo lo que me pasa por la cabeza. Los celos, mis certezas, mis envidias, mis temores. Será quizá que has crecido muy pronto y aunque ya tienes sesenta años, hoy una bonita edad en este mundo mío, te falta cordura agitadora y animadora. Los periódicos digitales, y sobre todo el famoso Face Book, nadie se atreve a decirme si sale de algún modo de los cajones prohibidos, no dejan de hablar de ti, casi siempre para mal, porque son fotos, comentarios que casi nunca dicen lo guapa que eres, aunque tengas algunas faldas de tul rotas detrás, casi escondida, de uno de esos edificios para turistas construidos hace poco.

Por supuesto que al resto de la prensa occidental, la de papel, le importa casi todos los días un carajo. Fidel Castro era un tipo muy listo pero sus sucesores no han sabido seguir el enorme bagaje que tenía en medios de comunicación o es que, como todos los nuevos ricos, les importa una mierda. Y eso que todavía los turistas no han vuelto en masa a La Habana, aunque gracias a Yemayá o a la Virgen de la Caridad del Cobre los canadienses ya se ven al horizonte.

Fidel cuidaba mucho todo lo que hacía. El cine fue una de esas cosas en las que él puso más empeño y no puedo por más que recordar al cineasta Pastor Vega, uno de los mejores, decirme casi violentamente, riñéndome, que en Cuba existe un cine porque Fidel quiso, porque Cuba era un país demasiado chiquito, demasiado pobre, para tamaños lujos. Y Fidel cuidaba a su criatura. Aunque me repita, déjenme decirle que creo haber sido uno de los poquísimos periodistas extranjeros (europeos, decía Fidel) a quien el Presidente recibió breve pero calurosamente en el Palacio de la Revolución para agradecerme que por fin “ayudásemos” (se refería a la Agencia France Presse que en aquel momento yo representaba como enviado especial al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano) al cine cubano, al que en Europa casi se ignoraba entonces. Más o menos como ahora. Todo mi mérito había sido escribir sinceramente el impacto que me causó la primera visión de aquel monstruoso festival habanero (ese fue el adjetivo que utilicé), que el Comandante lo leyese (leía todo lo que se refería a Cuba, algo que creo ya no hace nadie en los despachos de La Habana), que el diario oficial Granma lo reprodujese de forma destacada y firmado, aunque tuviese que retrasar un poco la salida a la calle, y poco más.

Fidel sentía el cine en su alma y sabía hablar y yo le he visto fustigar casi a los directores latinoamericanos para que no se durmiesen en los laureles. Porque comprendía que era un arma de propaganda eficacísima. Se basaba en el ejemplo de los norteamericanos, para los que las películas figuran en el primer rubro de exportaciones al mundo.

Amaba el cine porque amaba lo que él pensaba que era bueno para su país. Luego otro encuentro que me marcó fue con el patrón del cine hasta su muerte, Alfredo Guevara, que me invitó, creo también que era el único periodista extranjero, y perdonen mi falta de modestia, a una pequeña celebración en su suite festivalera del Hotel Nacional para exultar con el triunfo que había obtenido con “Fresa y chocolate” aquel diciembre de 1993, cuando hasta ese momento nadie se había atrevido a plantear humana y casi solemnemente el problema de los homosexuales en Cuba, que hasta entonces eran perseguidos, encarcelados y tratados a patadas.

Fidel y Guevara eran dos tipos morrocotudos. Con ellos desapareció todo el encanto que a nivel gubernamental existía en Cuba. Ahora no puede ser más bordélico. Hasta han conseguido que la gente común se suelte el pelo y filme escenas desagradables, abusos y otras preciosidades con los policías cumpliendo algo para lo que no se les hizo. Y que las publiquen en el famoso FB.

¡Cómo los dejaste solos, Fidel, si tú sabías lo que iba a ocurrir? Ni hablan de ti como habría que hablar del hombre que dio a millones de personas el derecho a no ser un pueblo más de mendigos como hay otros en el Caribe, donde solo los ricos son personas. Sino, echen un vistazo a Haití. Cuando no tiene tifones, la indolencia de sus gobernantes, todos para colgar de una chimenea desde el detestado Papa Doc. Y sin turistas que llevarse a la barriga. O muy poquitos. Los haitianos son todos primos hermanos del héroe de “El viejo y el mar”. Cuando pescan algo, otro bicho se lo ha comido antes de que llegue el bote a la playa.

Me pregunto, Fidel, si los jóvenes cubanos olieron alguna vez tu uniforme verde olivo, con aquellos impresionantes ferrajes con los que te presentabas en el Teatro Carlos Marx para dar un discurso a pelados cineastas del mundo. Te escuchaban con respeto pero supongo que con la rabia de ver que un militarote les enseñaba a vivir.

Tuve y sigo teniendo algún que otro enemigo en Cuba. Como aquellos marranos que una noche nos tuvieron a mi hijo y a mí, casi a la salida del avión de París, fuera de un chiringuito apestoso donde una mole de color nos había mandado esperar, sin más ni más, sin el respeto debido, junto con unas muchachas preciosas que nos explicaron que iban a pasar una “temporada· (laboral, claro, en Mallorca, España.

Yo diría que hoy Fidel tiene pocos defensores fieles, capaces de dar el hígado por sus pensamientos. Los cubanos son excesivamente prácticos y si ya no venden el PPG por las calles o los tabacos falsos, digo yo, es porque están cansados. Con Fidel murió la última esperanza de Cuba de ser una nación que pusiera firme al mundo. Por mucha vacuna contra el coronavirus que nos quieran levantar como una bandera.

Fidel era Fidel. Inimitable. Como el Cohiba trenzado por unas manos fuertes y en el fondo amorosas.

LaFabricadelCine Sb

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