El tercer grifo

 

Desde que vi mi primer bidet supe para qué sirven los psiquiatras, que sin embargo no me han sacado del conflicto de los tres grifos.Ocurrió en un hotel de México DF, adonde yo había acudido invitado por mi amigo, que en paz descanse, Carlos Amador, a presenciar una reunión de gente de cine en los estudios Churubusco, que entonces eran los más grandiosos que se conocían en el mundo.El orgullo de Carlos como uno de los más importantes productores cinematográficos estaba a la altura de las circunstancias. Vivía en una mansión de Pedregal, con una piscina que se paseaba por el salón donde podían correr caballos y que a mí me daba un santo pánico. Tenía una señora a la altura de las circunstancias y una hija muy bonita acoplada a un Mustang recién nuevecito. Vamos, una familia media de las que encantan a autores como Arturo Ripstein, enorme señor del cine con el que yo tuve un día una pelea, dialéctica precisemos, por no sé qué pijada. Era cuando yo militaba en pos de un cine latinoamericano de postín, como el que conocería con la pareja formada por Gabriel Retes y Lourdes Elizarraras. Menuda parejita, dos grandes del cine mexicano a los que nunca recompensaron como se merecían por todo lo que hicieron por el cine que pudo ser el más importante del mundo. Me alojaron en uno de esos hoteles que México DF tenía y donde a veces hasta te podías creer Tarzán. El botones me hizo las recomendaciones a los que yo no suelo entender nunca nada y me paso la vida llamando a recepción para que me manden un técnico. En el suntuoso cuarto de baño, el muchacho hizo un alto en el camino, llamó mi atención, marcó el momento con un silencio, como en el Arco de Triunfo de París un 11 de Noviembre. Me puse en posición. Entonces, con su mano enguantada me señaló, pero sin tocarla, la parte superior del lavabo. “Ya verá, señor, que hay tres grifos. Uno es para el agua fría, abrió y tocó y pareció a su gusto, y otro para el agua caliente, ídem. Y entonces hizo un alto más expresivo y se quedó mirándome con sus ojos celestes turquesa, como si fuese a desvelarme el secreto de las pirámides. “El grifo de en medio…”, le tembló el guante blanco. Con ese grifo del medio… puede afeitarse”.

Acostumbrado a las muchas leyendas mexicanas sobre el agua y algunas comidas, mire con respeto, nos sonreímos y salimos yo para abrir mi maleta y él para recoger su propina.Al rato venían a buscarme para meterme en una limusine larguísima y llevarme a menos de dos kilómetros, un hotel que parecía un set de Churubusco. Me sentaron en una enorme mesa redonda al lado de una preciosa muchachita de cabello negro como María Felix en sus mejores momentos y que en seguida hizo migas conmigo, pese a que sabía que yo no era más que un periodista. Y en aquellos tiempos, ser periodista en México no era la mejor tarjeta de visita. Creo que fue allí donde se creó aquel ruego del hijo: “Mamá, si te preguntan qué hace tu hijo en la vida, nunca digas que soy periodistas sino pianista en un burdel de Pigalle”.

Cuando salimos a bailar, la muchacha, me dijo que la llamara Lurdita, tenía alas en todas partes, pude detallarla. Todo venía de las más caras boutiques europeas que pudieras encontrar, hasta el pintalabios, que probé por deferencia de la casa y que me recordó a otra noche en París-Pigalle. Los estudios de Churubusco, adonde la señorita anfitriona de aquella noche me había acompañado muy cogidita de mi brazo, me resulto algo grandioso. Hoy, con los terremotos, los traficantes de drogas y tantas y tantas cosas no sé cómo estarán. Pero entonces era un monumento al cine. No me gustó ni un pelo el despliegue de tropas de combate desperdigadas por todas partes. Ella me explicó serenamente que el señor Presidente iba a inaugurar la convención y que en esos casos había que tomar precauciones.

-¿No se pondrán a tirar esos señores, verdad?

Se río y me llegó un olor del paraíso. Sus dientes eran preciosos, igualitos, made in Usa seguramente, pero yo no tenía ojos más que para los fusiles.

–Tú eres mi invitado. Cómo se te ocurre que vayan a dispararte…

— Bueno, lo decía por chistear (la palabrota me salió sola).

Cuando muchas lunas después, Quincy Jones entró en la zarabanda del baile del Hotel de la selva, estábamos que no nos aguantábamos. Ella sabía lo que quería:

-Mejor nos volvemos a nuestras suites. Estoy cansada,

Cuando nos subieron el desayuno, ella estaba como si hubiese dormido doce horas cuando no había cerrado los ojos, y solo hizo un alto en el camino cuando le pregunté:

-Mi vida, te sabes el Kamasutra de memoria.

-No creas, busco el perfeccionamiento…

Estaba arreglándose delante del espejo del cuarto de baño que era tres o cuatro veces más grandes que mi apartamento de París:

Entonces me pareció llegado el momento de elucidar el misterio.

-¿Sabes para qué sirve el grifito de en medio?

Me miró con una sonrisa cachonda que era todo un programa pornográfico y contestó con la indiferencia de una alumna de escuela de monjas:

-Bueno –se restregó la lengua por los labios como si con ella estuviese haciendo un striptease–No sé…, no sé decirte exactamente. Pero he oído decir que era solo para uso de los hombres…

Cuando dos días después tomé el avión de vuelta a París, esperé en vano el último abrazo de Lurdita. Estaría resolviendo el enigma de los tres grifos.

 

LaFabricadelCine | Sb

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