Prostitutas contra el coronavirus

Sesenta mil mujeres se calcula, 60.000 hembras como 60.000 soles, que se ganan la vida con lo que mejor conocen, sus cuerpos, han entablado una batalla sin cuartel contra el bicho chino, el coronavirus, por mor del cual pueden quedarse, si no se han quedado ya, sin su trabajo.La prostitución es una profesión muy arraigada en España. En todas las zonas industriales de las ciudades, las menos favorecidas por la vida, a veces con muchos años encima, ejercen el más viejo oficio del mundo y el que les permite vivir, sin lujos, pero salir adelante en una coyuntura mundial que en España es especialmente penosa. Todos los camioneros, todos los conductores saben dónde hay una luz en la noche cuando quieren vaciar el alma de congoja o necesidad. Se calcula que en España existen 1.600 casas de prostitución que ya no tienen el encanto de antaño sino que por mor de la cobardía de las autoridades están registradas como club de alterne.

Teóricamente esas mujeres que ofician en esos lugares, en plena carretera, tienen a su disposición una habitación con cuarto de baño para atender a sus clientes. Oficialmente, los canallas de los propietarios solo les alquilan el local, sin que ellos, dicen con toda la cara dura que las autoridades quieren permitirles, tengan nada que ver en si una vez cerrada la habitación con la arrendataria y el cliente dentro se dedican a hacer encaje de bolillo o a lo que los más finos llaman hacer el amor y los más vastos follar. Poco se sabe de los precios, pero ellas se ganan su vida.

Oficialmente esos garitos, montados con ciertos lujos, no son más que bares de carretera donde cualquier inocente podría tomarse únicamente una Coca-Cola o un vaso de agua. Todo el mundo juega el juego y las mujeres se ganan mal que bien su vida. Pero la existencia se las ha complicado la pandemia desencadenada por el horrible bicho chino llegado de un mercado cerca de Saigón.

Cuando hicieron los cálculos para saber cuánta gente había que atender en caso de infección –la enfermedad galopa en España y en toda Europa, los estadistas no cayeron en la población de prostitutas, esas 60.ooo personas que viven, es cierto, al margen de la sociedad corriente y moliente. Las autoridades habían pensado en cerrar todos aquellos locales donde podía prolongarse la pandemia, bares, discotecas, y otros lugares donde se respeta el culto al cachondeo y a la bebida, sin mascarilla protectora ni ninguna de las precauciones que exige el reglamento del gobierno. Pero olvidaron, o así lo dicen, ellas, esas 60.000 hermosuras que, mientras unos se ponían la mascarilla, ellas se la quitaban para ofrecer a su clientela todo lo que Dios les dio.

Cuando alguien se ha dado cuenta, probablemente un señor o una señora que no ama la profesión que ellas ejercen, las tropas de la decencia y de la higiene se han puesto en marcha para solucionar el problema. Aparentemente, las menos expuestas son las que ejercen en los bares de carretera porque en general los propietarios, muchos de origen extranjero, conocen la música y gente que puede echarles una mano para que el negocio, que por lo visto es muy rentable, siga funcionando con la discreción de siempre. Pero las prostitutas, y con mucha razón, tienen miedo. Quizá temen ser los chivos expiatorios de esta pandemia ante la cual los gobiernos no saben muy bien qué hacer, aunque ya se habla de posibles vacunas, ¿para cuándo? Pero también de inyectarse cuando llegue la hora productos que nunca han sido probados.

La lucha y la defensa de las prostitutas en España es un viejo juego entre los chulos, las prostitutas y las higiénicas autoridades. Y la verdad es que hasta ahora son ellas las que han salido ganando. Probablemente porque los encargados de reprimir este ejercicio profesional reconocen que muchos hombres, cientos de miles a juzgar por las estadísticas de memoria, necesitan la presencia de esas mujeres. Los que no tienen más que unos billetes y nadie que les espere en casa saben que en cualquier rincón de cualquier ciudad pueden satisfacer una necesidad que ya costó cara al primer hombre que hubo sobre la tierra, aquel Adán que por una manzana perdió el paraíso. Por el momento, las prostitutas saben que de una forma u otra seguirán ejerciendo la única profesión que conocen “y que nos da de comer”. Saben que en el problema del coronavirus ellas no san más que unas cifras más que alguna loca sin oficio ni beneficio ha lanzado a las autoridades para que se entretengan. Según los escritos más antiguos, la prostitución es tan antigua como el mundo. Ya en tiempos de Jesús eran mujeres que a veces dejaban por un rato de lado el oficio para ir a escucharle. Acuérdense de María Magdalena. Es casi como una tradición que se pierde en los tiempos y que probablemente no morirá por un coronavirus más o un coronavirus menos.

LaFabricadelCine | Sb

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