El cine como arma política y diplomática

(Lean e infórmense de las fantasías que corrían por La Habana en aquellos años noventa, cuando apretaba el calor).

 

 Algunos de los actores de la transición que según todos los politólogos se producirá un día u otro en Cuba son personajes que nada tienen que ver con el mundo de la política pese a que desde hace cuarenta años trabajan entre bambalinas. Pero en la isla caribeña sería difícil hallar rastros concretos de ellos, al contrario de lo que puede darse en la historia de España, el país que en los últimos veinte años mejor supo pasar de un régimen monolítico y anclado en una dictadura a una  nación de corte democrático. Cualquiera es capaz de poner nombre y apellidos a los protagonistas de esa aventura política que apenas unos años antes de que muriese Francisco Franco  parecía  prácticamente  una misión imposible. Cuando llegue el momento, en Cuba quizá se citen personajes que de un modo u otro contribuyeron a que la Revolución de Fidel Castro desembocase en un régimen moderno y pluralista. Pero casi seguro que nadie les podrá poner a ciencia cierta nombres y apellidos a aquellos que actuaron al margen de las esferas politicas. Enajenada por una larga y casi interminable larga marcha de muchísimos años, la sociedad cubana se ha acostumbrado a vivir sumida en un delirio del secreto que ha hecho siempre muy difícil el análisis, sobre todo por parte de los extranjeros. La labor de la intelectualidad cubana para acabar con la etapa revolucionaria iniciada por Fidel Castro en 1959 es, sin embargo, innegable. Y en gran parte se encuentra concentrada en un fenómeno llamado Cine Cubano y, dentro del mismo, que cada cual reconozca a los suyos. Aunque fue creado con un afán propagandístico muy determinado y concreto, el cine cubano pocas veces cayó desmedidamente en la grandilocuencia partidaria que transformó a esa misma cinematografía de otros países en maquinarias pesadas que eran reflejo y semejanza, la voz de sus amos.

En la Unión Soviética y en la Alemania hitleriana, muchas veces a través de directores de gran talento y de estudios de fama internacional, los monolíticos departamentos de la propaganda  nunca  vacilaron  en ejercerla sin el menor pudor a condición de que fuese siempre en el mismo sentido único. Stalin fue convertido por los cineastas rusos en el padre de todos los pueblos e Hitler ejerció idénticas  funciones con un régimen que ideológicamente se oponía totalmente al otro pero que, en definitiva, perseguía los mismos objetivos.

El cine soviético y el nazi conocieron épocas muy precisas de guerras en un contexto mundial lleno de confusión. El cine cubano nace cuando todo eso no es más que recuerdo. Cuando se sabe que el cine soviético es oficialista sin la menor concesión y que el fallecido cine hitleriano más no pudo serlo. Y cuando el cine cubano ha alcanzado su plenitud,  el Muro de Berlín cae y con él van desmoronándose todos los  países  del  Este  de  Europa  todo  el  imperio comunista.

A miles de kilómetros de las frías calles de Moscú, La Habana permanece como una reliquia que ya no sabe dónde cobijarse. Todos sus amigos comunistas,  los que le permitían sobrevivir, han muerto, y los que desde Occidente, y especialmente desde los Estados Unidos podrían restablecer una nueva amistad tienen las manos atadas por consideraciones de política interna. Otra particularidad  del  cine  cubano  es  que,  al contrario del soviético o del nazi, nunca fue en dirección única. Cantó la Revolución pero también la lloró y la lamentó, dejando al descubierto los fallos materiales del sistema y sus deficiencias humanas. Denuncias de todo tipo que no  cuadraban  con  los  modelos totalitarios antes reseñados.

¿Ha tenido el Cine Cubano un papel en esa película preparatoria de la transición política en Cuba?. Hay indicios que apuntan en ese sentido. Los contactos que durante casi cuarenta años nunca se mantuvieron con Estados Unidos fueron protagonizados por los cineastas de Cuba. Dicho de otro modo, a través de ello, en festivales, coloquios, visitas, la comunicación siguió establecida en los peores momentos entre los dos países por las bocas y oídos de actores y directores de las dos nacionalidades. Y todos ellos siempre  estuvieron  muy  bien  vistos  por  el gobierno a ambos lados del estrecho mar que separa a Cuba de los Estados Unidos.

No deja de ser curioso que antes de que en 1995 el presidente Bill Clinton hiciera una tímida apertura permitiendo que periodistas norteamericanos pudiesen instalarse como corresponsales en Cuba, una película  cubana fuese seleccionada, por primera vez en toda la historia de ese cine, para el Oscar, un sueño que las dificultades políticas y diplomáticas hacían cada día más indispensable. No era una película divertida de dibujos animados sino una de las más logradas a la hora de pegar un puñetazo encima de la  mesa de la sociedad cubana  para  reclamar  tolerancia,   nada  más  que tolerancia. Se titulaba « Fresa y chocolate ».

El primero de diciembre de 1993, el gigantesco Teatro  Carlos Marx de La Habana iba a ser acontecimiento de algo que nadie, ni siquiera los más finos politólogos de la isla, habían podido prever. En la sala, con aforo para cinco mil personas, con lleno hasta la bandera, como en las mejores corridas de Las Ventas de Madrid, un público formado mayoritariamente de periodistas llegados del mundo entero y de cubanos. En el escenario, el telón blanco que preside las mágicas ceremonias desde que los hermanos Lumière hicieron del cine todo un método de exorcismo.

Al finalizar la proyección, una piña humana se puso de pié y bajo los comedidos proyectores aplaudió, aplaudió, aplaudió, hasta el delirio. A algunos periodistas se les saltaban las lágrimas. A Fidel Castro le hubiese sin duda gustado ser objeto de aquel frenesí que parecía no iba a acabarse nunca. En la pantalla, dos muchachos acababan de abrazarse en señal de despedida.

Era el fin del estreno mundial de « Fresa y chocolate », la última obra del más emblemático cineasta cubano, Tomás Gutiérrez Alea. Para terminarla, su amigo Juan Carlos Tabío había tenido que echarle una mano debido a una enfermedad que le venía royendo desde varios años atrás y el filme había aparecido finalmente con la doble firma.

Hoy todo el mundo o casi sabe ya que « Fresa y chocolate » es el más subversivo y talentoso alegato hecho por cineastas cubanos desde que la Revolución « inventó » el cine cubano, con el convencimiento de que sería un arma incomparable en el difícil diálogo que entonces empezaba entre una Cuba perdida en el pasado y otra que todavía no había perfilado su porvenir.

Pero aquella noche, la sorpresa fue para los más. Cierto, el cine cubano de los últimos años siempre había sido combativo, a veces hasta lo « imprudentemente incorrecto ». La larga tradición de irreverencia de ese cine no quitaba méritos al filme de Gutiérrez Alea, más bien los resaltaba.

Aquella noche en el Carlos Marx, en los primeros segundos que siguieron a la escena final, – el amor de hermanos y entre hermanos, de gente del mismo mundo, mucho más allá de las retóricas que quieren la separación de la misma gente nacida en la misma cuna de la humanidad, –  entre el joven homosexual y el machito miembro de las Juventudes del Partido Comunista, auténtico grito en  favor de la tolerancia, dejó bastante desconcertado al público presente.

Quienes habían tenido oportunidad de ver el filme anteriormente en contadísimas sesiones privadas no escatimaban elogios, tantos que los que estaban en ayunas de la novedad acudieron a la proyección con el escepticismo lógico de aquello de « ya verás, ya verás » pero con un fondo de ellos mismos dispuestos a gritar de felicidad.

Aquella noche, cuando las luces del cine se apagaron tras kilométricos aplausos que ni siquiera Fidel podría jactarse de haber conseguido en uno de sus maratónicos discursos, el calor húmedo e impacable de la calle medio oscura por obra y gracia de los clásicos apagones habaneros (periódicos e indispensables cortes de luz debido a las restricciones económicas) fue como un consuelo de frescor. Habíamos vivido quizá una minirrevolución que ni siquiera el Jefe del Estado cubano había previsto cuando dio el visto bueno para el rodaje.

Días después. Escena de día. Una suite del Hotel Nacional de La Habana, el más lujoso de la capital, una joya de otros tiempos recien restaurada. En un rincón de la habitación blanca y espaciosa que va a morir a una inmensa terraza que mira de reojo al mar, hacia un Miami que dentro de unos mese va a ser protagonista de esta historia, Alfredo Guevara, con la coquetería de sus 67 años, se aguanta con la mano izquierda una chaquetilla azul sobre una camisa negra, mientras con dos dedos de la mano derecha engulle un canapé. Como acostumbra durante el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, ha citado en lo que le sirve de cuartel general, como número uno del cine cubano (oficialmente es presidente del Festival y entonces ejercia también como, presidente del Instituto cubano del arte e industria cinematográfica (ICAIC), pero en realidad es mucho más…) a un puñado de amigos.

A la izquierda de esa primera habitación que abre una discreta puerta a un dormitorio donde Guevara suele descansar, dos camareros ofrecen bebidas. El clásico mojito es la más plesbicitada, aunque también se toma cerveza y Cubalibre. En el centro de la pieza, una larga mesa hace honor a los invitados: pollo, paella, gambas emborrizadas, canapés varios, aceitunas, patatas fritas. El sueño de una noche de verano para cualquier cubano que en estos momentos de recesión no tiene más preocupación que la comida.

Agazapado en un rincón como un gato afectuoso, Alfredo se relame de gusto. Las gafas grandes de miope coqueto parecen siempre a punto de abandonarle la nariz. De un manotazo las devuelve a su precario equilibrio cuando uno ya las ve rodando por el suelo. El poco pelo lo tiene peinado muy coquetamente hacia atrás. Su sonrisa es sin duda lo que más llama y enamora. Una sonrisa discreta, contenida, que casi nunca le sale de los labios y que se refleja en unas arrugas que cada vez que quiere reirse le saltan de los ojos y ponen en peligro la estabilidad de las enormes gafas. Es la misma sonrisa que hace como medio siglo conquistó a Fidel Castro. Porque todos los que están en la suite saben que este hombre pequeñito, de una fragilidad exquisita, fue el hermano mayor de un Fidel que en aquellos tiempos de universitario en La Habana, cuando un grupo de estudiantes soñaba ya con luchas políticas, le protegió, le cobijó y, dicen algunos, le llevó prácticamente desde Sierra Maestra al Palacio de la Revolución en La Habana.

El marxista Guevara—ningún parentesco con el Che—sigue en su rincón, como si la fiestecita no fuese con él. Habla bajito, casi musitando y los invitados se suceden calladamente a su lado, con el respeto y el sigilo de los fieles en un confesionario de la catedral de La Habana, consagrada a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la misma que en una medallita dicen que Fidel Castro llevaba colgada del cuello cuando entró por primera vez en la capital al frente de sus barbudos. En un país donde los santos del calendario han servido a los cubanos para ocultar sus preferencias por dioses y diosas de origen africano—desde los tiempos casi inmemoriales en que los españoles quisieron obligarles a ser católicos, apostólicos y romanos,– Guevara, en su rincón tan calladito, parece la reencarnación de uno de esos dioses que la gente venera en la santería nacional.

 Mientras al viento húmedo del Malecón (el paseo marítimo habanero) le cuesta los trabajos de Hércules para llegar hasta la suite, Guevara la goza en su rincón. Por mucha modestia que quiera derrochar, ¿cómo va a olvidar el estreno de « Fresa y chocolate »? ¿cómo se le van  a ir de la cabeza las imágenes de su triunfo, esos aplausos de toda una sala vuelta hacia él que, como siempre, esta intentando que no se le caiga la chaquetilla que jamás se separa de sus hombros?.

Esa noche es una de las más bellas de su existencia. Quizá lo suficiente como para olvidarse del amago de infarto de miocardio, del exilio dorado a que se le obligó hace unos años cuando Fidel no tuvo más remedio que nombrarle embajador de Cuba en la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, para, según algunas versiones, alejarle de sus más feroces enemigos del Comité Central. Pragmático hasta las puntas de las uñas cuidadosamente pulidas, Alfredo ha conseguido incluso cobrar los intereses de esa embajada forzosa. En la solapa luce el distintivo de la Legión de Honor, máxima recompensa civil francesa que el presidente François Mitterrand, hecho rarísimo, le impuso personalmente en el palacio presidencial del Elíseo. Dicen incluso que el viejo presidente, que en aquellos momentos ya daba las últimas caladas a su presidencia, había querido imponerle la condecoración, cosa que hizo en el transcurso de una brillantísima recepción en palacio durante la cual hubiese sido muy difícil saber cuál de los dos—el presidente o su homenajeado—era más gato.

Es cierto que la suite no es la sala de baile que sirvió a Luchino Visconti de escenario central para la escena capital de « Il gattopardo », un decorado en el, qué duda cabe, Alfredo Guevara se hubiese sentido más a gusto. En esta mediatarde caribeña, Alfredo está muy lejos de las exquisiteses versallescas. Estamos en La Habana, en un año más de la  Revolución que él ayudó a instaurar y en medio de momentos económicos de lo más penoso y en horas políticas de incertidumbre. El, mejor que nadie, sabe que después de 35 años de Revolución, va a ser necesario pasar la mano. El bloqueo absurdo de Estados Unidos, las reclamaciones de países de América Latina y de otros lugares del mundo y, sobre todo, la insostenible situación económica que viven los cubanos, perfilan tiempos de cambios. El lo sabe pero su fidelidad por el compañero de siempre puede más que la lógica más primitiva.

Con los ojos lascivamente puestos en las interminables piernas artísticamente bronceadas de una actriz mexicana que juguetea con los contraluces de la terraza, un periodista europeo (« centroeuropeo » como llamaba curiosamente Fidel Castro a los periodistas de la Europa capitalista cuando el muro de Berlín todavía no había sido derrumbado) recuerda lo que de este enigmático hombre decía el norteamericano Ted Szulc en su libro « Fidel, A Critical Portrait » (1986): « Alfredo Guevara… amigo de Castro desde hace cuarenta años; es una de las figuras más curiosas del mundo político revolucionario cubano y uno de los hombres en quien Castro ha tenido siempre más confianza ».

Las relaciones entre los dos personajes, el gordito y el espigado, una especie de Quijote y Sancho Panza de los años marxistas, las resume así: « Una sólida amistad se establece entre Guevara y Castro y juntos participan en una serie de enfrentamientos políticos en la universidad ».

Y después del triunfo de la Revolución: « Se había (Castro) apoderado de los medios de comunicación de forma total, fundando por otra parte un instituto cinematográfico de alta calidad, cuya dirección confió a su viejo amigo Alfredo Guevara, encargado de producir largometrajes, documentales y noticiarios ampliamente inspirados por la ideología revolucionaria ».

A todas luces, están lejos los tiempos en que el ICAIC servía para esa finalidad. El artífice de ese vaivén es para muchos Alfredo Guevara, a quien otros atribuyen el hecho de que con los años el ICAIC se haya convertido en una fortaleza en la que un montón de intelectuales, desde los más viejos, como él, a los más jóvenes como Tabío—coautor de « Fresa y chocolate »—se opongan a la eterna guardia staliniana… con el apoyo de Fidel Castro, musitan algunos personajes muy enterados. Esto es al menos lo que asegura el propio amigo de siempre, de los momentos más difíciles.

En su dorada madriguera de la suite del Nacional, Guevara me dice mirándome en los ojos: « Fidel sabía todo lo que era esa película (« Fresa y chocolate ») por mí ». Y enigmáticamente agrega: « Yo siempre cumplo con mi obligación de decir todo lo que yo creo ».

En ese momento de triunfo personal y cuando ya casi podía preverse que « Fresa y chocolate » sería la película latinoamericana más popular en el mundo entero, Alfredo se mostraba cauto, porque sabía que en el vestíbulo del propio hotel donde festejábamos el enemigo le esperaba: « Yo no veo el filme así (como una feroz crítica a muchas cosas que acontecen en Cuba: rechazo del homosexual, falta de libertad…). Sentí al joven comunista como muy limpio, sin cultura, sin una preparación para ciertas cosas… Yo veo a los jóvenes de un modo muy especial, pensando en el futuro y no sólo como son, en su potencialidad… Soy un protagonista de la película porque tengo que asumirla y soy también un protagonista de la Revolución. No estoy por las críticas acerbas, sino constructivas. Lo revolucionario es transformar. No le llamo revolucionario al levantar banderitas y correr gritando consignas y ni siquiera al momento del fusil, que es decisivo… El momento actual (en Cuba) no es el que estamos viendo en la película, el momento actual no es perfecto. Y muchas cosas siguen pasando pero no son oficiales. Pasan en la gente porque muchos ciudadanos están formados antes de la Revolución en principios « morales » que no responden a nada, que son idioteces ».

Un lenguaje que muy pocas personas se atreverían a utilizar en la Isla, incluso estando a la diestra del padre. En un medio periodístico cubano, el discurso de Guevara en el cine Carlos Marx fue referido de muy distinta manera pero perfectamente guiada: « Su mensaje resultó más sutil al indicar entre líneas que no se producirán retrocesos en la apertura a la creación artística… »

Pero ya antes de que « Fresa y chocolate » se convirtiese en fenómeno de sociedad—esos dos tipos de helado llegaron a formar un símbolo y pasaron a integrarse en el lenguaje corriente en Cuba como exponente de todo—Alfredo Guevara había dado algunos martillazos. Hay que decir que sus confidencias sobre la película hechas en la suite no fueron jamás publicadas en la prensa cubana. Es más, el diario Granma, órgano del Partido Comunista, había comentado que los realizadores del filme « no han tratado de hacer daño en irresponsble apedreo, sino como eficaz método para tratar de superar y ser mejores ». Esta dialéctica marxista, oficialmente reivindicada por quienes controlan los medios de comunicación en Cuba, no es precisamente el lenguaje de Alfredo Guevara.

Bastante antes de la salida de « Fresa y chocolate », había realizado un trabajo que la Unión de Jóvenes Comunistas presentó a sus adherentes con la siguiente advertencia: MATERIAL ESTRICTAMENTE PERSONAL E INTRANSFERIBLE, PARA ESTUDIO Y CONSULTA DE LOS CUADROS DE LA UJC (UNION DE JOVENES COMUNISTAS).

En este artículo que la UJC trataba poco menos que como documento ultraconfidencial, el presidente del ICAIC se refiría muy sabrosamente al papel del intelectual cubano en la sociedad que le ha tocado vivir.  He aquí algunas de sus advertencias: « En algunas ocasiones las grandes frases y fórmulas encubren la más completa indigencia ideológica, y no deben faltar los casos -y no han faltado- en que semejante oropel ocultaba el oportunismo, las actitudes simplificadoras o sectarias, o cuando menos una gran falta de humildad ».

« … Por eso se hace necesario estudiar y conocer, discutir y profundizar, rechazar la sospecha como método y evitar las descripciones facilistas y caricaturescas, las excomuniones y en general una inútil batalla sin principios, que ya bastante daño ha hecho -y la historia contemporánea se encarga de probarlo- al desarrollo de la cultura y particularmente de sus manifestaciones artísticas en los países socialistas. No debemos olvidar tampoco el grotesco y triste espectáculo que ofreció la filosofía marxista -centro de nuestra ideología- exudada por repetición, durante los años del stalinismo cultural ».

« … Es necesario abordar los problemas cuando éstos se plantean como tales y hacer un esfuerzo y una contribución que se traduzca en lucidez. No es posible esperar a que los prejuicios se conviertan en consignas. Hay que saber decir no a tiempo, y hay que decirlo ».

Y este trozo de antología: « … Cuando un militante revolucionario, o una organización de masas, o zonas de la opinión pública marcados por los aparatos de publicidad o divulgación, reclaman del escritor o el artista plástico, el compositor musical o del director cinematográfico, la apología al minuto de los sucesos de la actualidad nacional o internacional, las puertas del manicomio se entreabren como una amenaza no para los que esperan convertir a los artistas en « traganickeles-ideológico-agitativos », sino para los creadores que estupefactos se inhiben o rebelan ».

Hemos vuelto a la sala fría y desangelada del teatro Carlos Marx de La Habana. Acaban de proclamarse los premios y, como esperaban todos los periodistas presentes, desde los húngaros  a los franceses, « Fresa y chocolate » ha arrasado en el medallero. Nuevo triunfo para el caballero Alfredo Guevara en su discurso de clausura: « En Coppelia (parque habanero donde se degustan unos helados excepcionales y donde se sitúa el comienzo de la película, donde se conocen los protagonistas, el machito y el homosexual) como en toda nuestra sociedad, cada quien prefiere el sabor que más le conviene y todos vamos a defender nuestros principios desde el abrazo de David y Diego (los dos protagonistas), abrazo que se multiplicará en otros abrazos que nos unirán más allá de cualquier diferencia en lo que por sobre todo prevalece, la decisión de salvar a Cuba, nuestra identidad, nuestra independencia y soberania, el derecho a la dignidad, el derecho al futuro ».

Lejos de las focos que hacen sudar la gota gorda al presidente del ICAIC, el turista curioso visitaba Coppelia, una especie de parque frente a un cine en pleno centro de lo más sabroso de La Habana, y comprobaba que ya no era lo que le contaron que había sido. Frase banal pero llena de sentido para quien había conocido ese lugar unos años antes de que los balseros se echaran a la mar y de que los cubanos conociesen seriamente lo que la palabra privación quiere decir.

En la película, los protagonistas, el homosexual exquisito, con toques de intelectual refinado, y el joven estudiante perteneciente a las Juventudes Comunistas, mezcla de inocente en cosas de la vida y de adoctrinado en cosas de la política, se conocen en una mesa del parque degustando unas copas de ese exquisito helado, en una terraza agradable de lo que en otros tiempos fue el Hospital Reina Mercedes. En 1993 y en 1994 el parque se convirtió en un lugar por donde da miedo pasar en cuanto cae la noche, cosa que en el Caribe sucede muy temprano. Ha perdido todo el colorido y hasta el romanticismo que tuvo en otros momentos. La gente, bajo las sombras que dejan caer las lejanas farolas y que le dan tristeza a todo cuanto alcanzan, se apiña en su interior y hace una interminable cola para poder llegar hasta los helados. « Pero si suben arriba y pagan en dólares podrán tomar helado », advierte una señora sentada en un pollo, esperando no se sabe qué.

La solución más fácil y prudente para el periodista-turista es volver al hotel y pedir el helado, aunque en una copa de metal plateado ya no sabe lo mismo.

No lejos del parque Coppelia tiene su sede Prensa Latina, agencia noticiosa fundada por el propio Che Guevara. Hasta sus oficinas donde los acondicionadores de aire luchan en un combate perdido contra el calor húmedo que se filtra por todas partes, llegué días después de la escena de la « suite » del Hotel Nacional la fresa y el chocolate. (Tomado de “Cuba, Revolución y dólares”, de Sergio Berrocal).

LaFabricadelCine  Sb

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