El rey que quería ser feliz

 

Con 82 años de edad, mes más, mes menos, Don Juan Carlos, que fue Rey de España cuando los militares querían apoderarse de la Nación, se ha cansado y sin decir ni adiós mon amour se ha largado del país con viento fresco en uno, en dos o en catorce aviones.Se le echaba en cara su actitud algo chulesca de querer vivir, es decir que no le importaba si un jefe del mundo del petróleo al que le sobran los millones le daba una propinilla de unos saquitos de dólares. Y además era cuando estuvo enamorado de una noble austriaca o alemana, Corina, que ya no es una niña pero que sin duda le ha hecho olvidar más de una vez los rigores de una familia conformista y el aburrimiento de un palacio. No se le conocen grandes vicios salvo las mujeres, y como ellas con bendición de Dios, ¿qué malo tiene que reciban un regalito aunque huela un poco a petróleo? Ya nos gustaría a más de uno, ¿o no?El amor tiene esas cosas y hay mujeres que aman el dinero, es decir el poder. Eva, la del paraíso, era otra cosa, pero también hubo una bella manzana por medio antes de que se buscaran un rincón para probar a qué sabía el pecado. Cuando yo llegué a España como corresponsal de la Agencia France Presse, en 1988, lo primero que me dijeron en la Redacción era que estábamos amenazados por las fieras corrupias de los terroristas de ETA y que había que tener ojo si no queríamos quedarnos ciegos. Hoy que he vuelto a esta isla africana mía del sur total de España, los antiguos terroristas son personas decentes, hasta a veces con sillón de cuero en el Parlamento. Algunos de ellos tienen las manos pringadas de sangre por mucho que se las laven. Pero están de moda. Ya son gente decente.

En el plano informativo me advirtieron: el Rey es intocable. No se habla de él nada más que cuando hace falta y cuando te dicen que ha desaparecido, que no lo encuentran, que no está en la Zarzuela, la residencia real, etc. etc. te haces el loco. Y me contaron algunas anécdotas. Como cuando aprovechando un viaje de su esposa Doña Sofía a Grecia para visitar a su madre, la bruja dicen que la llamaban los griegos, Don Juan se encerró en su palacio con una bailarina de mil demonios por la que cualquiera de nosotros hubiese pedido prestadas unas cuantas vidas para cambiarla por sus favores. Aquellos duró dos semanas y cuando alguien, algún periódico, o cualquier fisgón mal educado quería saber del Rey se decía que estaba en Madrid, haciendo vida normal, meditando más o menos. Era una época muy cachonda en España, pese a que los bestias de ETA cometían todas las tropelías que le pasaban por la cabeza, desde el tiro en la nuca clásico por no pensar como ellos hasta secuestrar a un tal Revilla, rey de los embutidos y millonario patentado. Y casualmente a mí me llamó ETA una noche de casi llegado para decirme que el cadáver del prócer estaba en un garaje. Avise a la policía y resultó que era una “broma”. Los siniestros matarifes querían que se les reconociera el sentido del humor.

Habían embadurnado el lugar donde debía estar el cadáver con una pintura que los perros policíacos se volvían majaretas. Uno de los jefes de la policía, luego tomamos más de una copa, me hubiese expulsado en aquel momento del país si hubiese podido. En aquellos años había una revista que rompía todos los records de tirada, Interviú. Y no es que publicase documentos rompedores sino más bien unas portadas a pelo que el día de su publicación los kioscos eran tomados de asalto por una multitud ávida de sexo. Eran tiempos de gran actividad sexual en España. Si no habías podido alquilar una habitación de hotel y había prisas, el taxista de turno te abandonaba su vehículo por unas horas en un descampado y a condición de que ya hubiese caído el día. Ahora cada vez que tomo un taxi le sonrío cordialmente al chófer, que probablemente debe de creerse que soy un pervertido.

Un día, Interviú batió todos los records de tirada. Hasta la redacción nos había llegado el soplo y antes del amanecer dos aguerridos agentes de la AFP estaban apostados en el quiosco de Recoletos para llevarse cuantos ejemplares de la revista pudiesen cargar.Aquella semana, la estrella de la portada era una de las más elegantes, bella como el día cuando no deja de amanecer, mujeres de las esferas sociales más altas de la nobleza española o casi. Lo terrible es que no posaba y en la foto estaba perfectamente y elegantemente vestida. En realidad nos enteramos que a la muchacha, un bombón, la habían sorprendido en un bar de copas con las piernas cruzadas. Lo malo es que el flash del fotógrafo era tan inquisidor que había traspasados sus bragas y se le veía lo que nunca una dama enseña en una recepción. El reportero no se molestó en conseguir lo que los eruditos llaman una perspectiva atmosférica.

Eran tiempos simpáticos pese a ETA o quizá porque nos divertíamos con más rabia pensando que cualquier día podía acercarse un majareta de aquellos asesinos y volarnos la cabeza por apuntarse un tanto. Don Juan Carlos de Borbón seguía con sus líos de faldas, por sus manos pasaron algunas (creo que exagero, sería mejor decir todas…) de las más bellas y elegantes mujeres de España, y los nombres de las beneficiadas estaban en boca de todos.Claro que cuando la esposa, Doña Sofía, estaba en Palacio se le acababa la juerga.Y ahora, de pronto, en este año del bicho chino, después de haber cedido el trono a su hijo, Felipe, que no tiene su gracejo ni parece interesarse tanto como él por la lencería cara, Don Juan Carlos, convertido en Rey Emérito, ha tomado las de Villadiego dejando a todo el mundo con la boca abierta.Personalmente creo que Don Juan, que era chistoso, aunque un poco sinvergüenza en ese capítulo de la fidelidad conyugal, estaba harto del protocolo real y se ha marchado con la intención de usar como le de la gana los años que todavía le quedan.España está dividida con esta desaparición. Unos aplauden y otros le patean, como en todo. Pero no quita para que nadie pueda reprocharle no haber hecho por su patria lo que otros quizá no hubiesen atrevido a hacer. Fue el 23 de febrero de 1981. Una pandilla de oficiales de alto rango se pusieron de acuerdo para acabar con la recién estrenada democracia por el primer ministro Adolfo Suárez. Y quisieron meter a Don Juan en el ajo.

De muy buena fuente me contaron entonces que el Rey estaba un poco dubitativo y que incluso hubiese bastado un empujoncito para que se hubiese acercado demasiado a los amotinados.Pero finalmente, Juan Carlos, que todavía no tenía más experiencia que la que había podido darle Franco, el dictador que le había preparado para sucederle, cuando entonces ya le llamaban el Príncipe, se negó a subirse a los tanques de los amotinados, que fueron derrotados. Imagino que ande por donde ande, probablemente por el Caribe, Don Juan Carlos recordará aquellos días de zozobra y cómo, con la ayuda de algunos políticos, supo enderezar la barra y, sobre todo, no abrazar a los tanques de los militares que ya habían desfilados en plan intimidatorio y de poderío por grandes ciudades como Valencia. Porque Don Juan, el Rey Emérito, el rey que ya no gobierna, es un cachondo mental. Le gusta la juerga, cazar leones prohibidos y meterse en las faldas de las mujeres más bonitos que se tropiezan con él. Ahora se le abre una nueva vida. Y no creo que su intención sea terminarla encerrado en un monasterio, a menos que hubiese un convento de monjas que… Dejémonos de vagabundeos intelectuales. Creo que más bien lo haría en un burdel de los de antes y de los que deben de quedar todavía más de uno en más de un rincón del mundo.

Don Juan, diviértase, que la vida son dos días y apenas. Y usted ya ha cumplido. Viva su vida y no mire atrás. Y no pregunte más por el Almirante Cristobal Colón, aquel que nos dijeron, ¿se acuerda usted?, que había estado enterrado en la Cartuja de Sevilla. Que sus últimos años en este mundo sean como un baile de Quentin Tarantino. Todo locura. Baile, Majestad, baile, en La Habana, en Santo Domingo, en Jamaica o donde le venga en gana, sobre las olas del mar más bello del mundo. Pero aléjese de esta nefasta Europa, encorsetada en un pasado que ya no existe por prestigioso que pudiera ser. Y como le quedará tiempo dese una vuelta por Rio de Janeiro, pero no por cualquier sitio. Vaya a la playa y pregunte por la Garota de Ipanema, que una vez estuve a punto de encontrar en un modesto bar donde la música de la bossa nova hizo bailar al mismísimo Frank Sinatra. Y si la Garota aparece, ya sabe usted, Majestad, sonrisa y carretera.

Acuérdese, Majestad, que ese mar Caribe es mágico. Todo el mar, toda sus islas, salvo la pobrecita Haití. Si le llevan a dar un paseo a La Habana, y si alguien en la calle le quiere vender el PPG, cómprelo, es un buen remedio para muchos males. Pero no se olvide de ir al Malecón, donde las muchachas cubanas aman y padecen mientras las olas que seguramente hablan yanqui se estrellan con el ruido de un piano de Monseigneur o de cualquier otro lugar donde todavía la gente quiere vivir. Pese a los pesares. Y no deje de pasar por el Hotel Nacional. Si todavía los bárbaros han dejado vivo el ascensor inventado por los norteamericanos, métase en él, atrinchérese con alguna amiga y pida un Cubalibre. No hay mejor sitio para beberlo. Por ahora, medios bien informados dicen que anda por los Emiratos Árabes. Pero seguro que se cansa de contar camellos y pone rumbo a Latinoamérica, probablemente a República Dominicana, dicen algunos entendidos en la geografía amorosa.

LaFabricadelCine Sb

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!