Miedo

Siempre he sido miedoso e incluso a veces el miedo a la nada me ha dejado paralizado. Pero desde que apareció el bicho chino y nos obligaron a permanecer encerrados en casa durante dos meses, se ha agudizado. Ya llevo cuatro meses encerrado voluntariamente, aunque tengo que buscar el medio de hacer ejercicio, por prescripción médica. Creo que una gran parte de los cuarenta o cincuenta mil habitantes de esta isla mía africana, en la punta sur de España, último bastión europeo, sienten lo mismo que yo, miedo, aprehensión. Porque por más que las autoridades cierran los locales de ocio, léase discotecas y otros lugares hechos para beber y “divertirse”, cada día más, cada día en más lugares de España, la bestia avanza y se cobra nuevas víctimas. Los telediarios son un obituario. Lo último, hasta este instante de escribir, son dos asilos de ancianos, cuarenta o cincuenta personas contagiadas. Otras tantas en una cena de no sé qué celebración. Creo que todos los que llevamos la mascarilla tenemos pánico, aunque ni lo queremos hablar. Porque no se habla del bicho. Son ellos, la gente del gobierno, la que le dan una enorme importancia en las televisiones y las radios, probablemente para ablandar a la Unión Europea, que no quiere aflojar todo el dinero que el gobierno (24 ministros, cientos de consejeros, coches que ni se cuentan) reclama porque la situación económica es una catástrofe. Ni trabajo ni posibilidad de tenerlo. Y cuando lo hay a precio de saldo. Muchísimos comercios están cerrados, falta de clientes. Solo algún cafetucho resiste como puede.

Casi todos los países europeos han desaconsejado a sus súbditos que vengan a España de vacaciones por miedo al contagio. No hay orden ni concierto. Es como si hubiesen crucificado a España que vive del turismo. Si no hay turistas no hay trabajo y si no hay trabajo ya saben… Pese a todas las prohibiciones, las fiestas donde caben cientos de litros de licores y miles de bebedores, ruido y alcohol cunden por todas partes y, según los especialistas, es ahí donde los bichos se sienten más a gusto. Los especialistas del Ejército han tenido que montar de nuevo hospitales de campaña. La guerra contra el coronavirus sigue y sigue pese a que pronto cumplirá cinco meses.

Ya ni los oficiales mejor pagados para ellos sonríen ni dan la menor muestra de querer exhibir un poco de optimismo aunque les paguen para ello. Es como si supiesen que la guerra no tiene día de cierre. Para distraer a los españolitos, se habla mucho de vacunas. El presidente de la Unión soviética, Vladimir Putin, dice regularmente y con orgullo de que ya tienen la vacuna y que pronto la repartirán a la población. El Presidente de Estados Unidos, sin nombre, afirma haber comprado no sé cuántas miles de ellas. Para el resto, ya se verá. En Europa nadie se atreve a decir nada. Saben que cuando llegue el momento los grandes laboratorios buscarán los mayores beneficios sin tener en cuenta a la gente. Así amanece la gran Europa en este verano plomizo de 2020.

Hace ya por lo menos dos meses que no vemos al trio de los Testigos de Jehová, que antes venían regularmente a mi casa a tratar de convencernos de no sé qué. Solo aparece regularmente el cartero con cartas amenazadoras de Hacienda, porque el gobierno está dispuesto a estrujar a los extranjeros que se han quedado.

En la vitrina del local de mi peluquero británico, antiguo boxeador, ha aparecido un anuncio de cierre: “Estoy con mi mujer en el hospital”. No sabemos si es el bicho o una indigestión pero creo que ya nadie más aparecerá a cortarse el pelo. El miedo va de par con la superstición. Es cierto que la nota está escrita con la misma desilusión que yo redacto esta nota.

Al principio de la pandemia, donde la autoridad ordenaba que la gente no saliera de casa o que si lo hacía era para trayectos muy concretos, ir a la farmacia, a la compra, con colas de formación militar, pero no hablaban nunca de misa, cientos de policías estaban por las calles pescando a los infractores con multa terroríficas. Hace ya un rato que no se ve la caballería por las calles. Como si se hubiesen aburrido y dejasen que cada cual o casi hiciera lo que le venga en gana. Y pese a las prohibiciones penadas con multas teóricas de muchos de miles de euros, los llamados lugares de ocio siguen haciendo su agosto. De una forma indecente, sin que le importe una cámara de televisión que le filma. Así hemos visto a una mala bestia beber en botella y escupirle el líquido a los parroquianos, en medio de un griterío extravagante. Ni siquiera le han llevado ante un juez.Es como si las propias autoridades hubiesen dado la batalla por perdida. Se ocupan a ratos de que las playas no estén saturadas, pero de mala gana. Los bichos han ganado. Peace and Love. Ya ni la gente se ahoga en el mar. Pero se mueren de aburrimiento y del bicho.

LaFabricadelCine Sb

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