El rey que amaba mucho a las mujeres

Eran por aquellos años cerca de los noventa que yo pasaba en Madrid como corresponsal de la Agencia France Presse, en un ambiente de constantes sobresaltos de los terroristas de ETA y de otras cositas simpáticas como las mocitas que por la noche paseaban por el centro, con sonrisa y garbo. Me dijeron que fuera al Palacio de los Congresos donde había prevista una “importantísima” conferencia internacional sobre el aceite de oliva, la riqueza del Mediterráneo, con la presencia de importantísimas personalidades. Como no tenía mucho que hacer y el telefim de la tarde había acabado me planté en aquella conferencia que por la guardia que custodiaba las entradas y salidas parecía efectivamente de muy alto nivel. Me dirigí a mi butaca recordando lo que yo sabía del aceite de oliva. Que estaba muy rico con ajos crudos recién cortados en el desayuno. Esa era toda mi ciencia sobre el tema. Al cabo de una hora y media de escuchar lo que señores muy trajeados y algunos con pintas árabe me cansé de aceite de oliva. No me habían regalado ni una botellita. Me levanté, me puse la gabardina y molestando a la gente sentada en mi fila me dispuse a tomar las de Villadiego.Estaba ya a punto de alcanzar una de las puertas de salida cuando dos enormes tipos trajeados y con insignia de no sé qué en la misma chaqueta, eran como uniformes, me cortaron el paso. “Por favor, acompáñenos, el Rey le espera”, dijeron con cordialidad de fusil ametrallador.

Ignoraba que hubiese llegado nalgún monarca árabe y me quedé mirándolos pero ya y casi en volandas me conducían hacia un saloncito donde había una serie de tipos con caras aburridas, ni una sola mujer, bien ataviados que parecían esperarme. El que me habían dicho que era presidente del No sé qué mundial del aceite de oliva, me sonrió y tomándome familiarmente por un brazo me llevó hasta un señor alto que parecía esperarme con una sonrisa en los labios. “No queremos que se marche usted sin saludar a su Majestad”, me musitó mi interlocutor.

Y yo que esperaba una caja de aceite me encontré con un tipo grande y simpático al que rápidamente reconocí. Era Don Juan Carlos de Borbón, rey de todas las Españas, que por lo visto lo habían puesto allí para estrechar la mano de los asistentes. Me entregó su palma, la estreché y me dije que había que sacar una sonrisita para la foto.

Y me fui. Ya por entonces Don Juan Carlos era un personaje muy querido y muy comentado. Decían que le gustaban a rabiar las mujeres y los yates. Los nombres de sus favoritas no las recuerdo, aunque mucho más tarde hubo una tal Corina Larsen, guapa de sacar en familia y con buen porte ella, que en este mes del coronavirus ha provocado que su antiguo amante haya tenido que romper con España y su palacio Real para refugiarse en el extranjero, lejos de la corte donde se le acusa de manejar los dineros ajenos, regalos de emires y otros personajes, como si fueran suyos.

Ah, sí, tenía un yate que se llamaba “Bribón”, nombre que ahora muchos malintencionados le ponen de mote al ex Rey exiliado. Por supuesto que no sé si es cierto que regalara millones a su amante, la bella Corina, o que espachurrara los millones con una facilidad linda, pero a mí siempre me pareció un tipo simpático. Tiempos después del aceite de oliva, el presidente del gobierno, Felipe González, socialista listo como él solo, inauguraba un tren veloz, el AVE, que ya era muy conocido en Francia, su lugar de nacimiento, para acompañar los fastos de la Exposición Universal de Sevilla (González es sevillano) que durante siete meses de 1992 constituyó un milagro español. Milagro porque, contrariamente a lo que pretendían algunos eruditos en la mismísima prensa socialistas, en España no podía circular un tren a 200 kilómetros por hora cuando los trenes españoles eran el hazmerreír del mundo. Podían descarrillar, eso sí. Pero el AVE no tuvo el menor incidente.

Felipe se había propuesto abrir Andalucía al mundo y qué mejor para ello que disponer de un tren lujoso como él solo que además corría de verdad, cargado de todos los invitados más ilustres, desde Madrid al interior de la Expo de Sevilla, donde se paraba suavemente en una suntuosa jaima donde te trataban, a condición de ser invitado de honor, como a los reyes de las Mil y una Noches.

Por supuesto, aquellos fastos, iniciados el 20 de abril y finalizados el 12 de octubre de 1992, que Felipe González quería para impresionar a los visitantes que mandaba hacia Sevilla en su tren nunca visto, hicieron que Andalucía, hasta entonces abandonada hasta por los propios españoles, se vistiera de gala. Y hasta un periodista francés escribió que Andalucía iba a convertirse en la California de Europa. Con el actual coronavirus y la crisis económica Andalucía es hoy todo menos California. Ni para una película de cuatreros.

No me da vergüenza revelar que fui yo quien soltó aquella tremebunda sentencia de California que recogieron cientos de periódicos del mundo entero. Creo que ya hay prescripción.

Pero como en España todo se hace a última hora, estuvimos horas esperando que los operarios terminaran de arreglar una pequeña pista de aterrizaje para que el entonces Rey Juan Carlos y su esposa, la Reina Sofía, pudiesen aterrizar en helicóptero.

Visita que te visita, el cortejo, del que yo formaba parte con otros periodistas, se detuvo en la tumba donde se decía que Cristobal Colón había estado enterrado, en La Cartuja. Hicimos círculo alrededor del agujero y en medio había una eminencia histórica que contaba la odisea del entierro. De pronto, en el silencio sepulcral, por decir algo, se oyó el vozarrón del Rey que dirigiéndose al historiador-explicador le decía a gritos: “Oye, ¿tu estás seguro de que Colón estuvo enterrado ahí?”. (El rey tuteaba a todo el mundo).

El historiador no sabía dónde meterse e imagino que estuvo a punto de esconderse en la tumba. Pero todos estallamos en una enorme carcajada mientras Su Majestad seguía preguntando y el preguntado enrojecía.El aceite y la Expo son unas pinceladas a propósito del hombre que después de haber sido Rey de España y haber tenido un papel preponderante contra quienes querían echar abajo la democracia, ha tenido que coger la puerta de Madrid para el exilio, aunque después de dejar desde hace ya tiempo la corona a su hijo Felipe. Dicen que Don Juan Carlos se llevó dinero que no era suyo y que en realidad había que llamarle Bribón. Pero ¿qué quieren que les diga?. Era un tipo simpático, al que no se le caía nunca la sonrisa. Y a mí la gente simpática me gusta, aunque él se olvidase de enviarme a casa una caja de aceite de oliva.

LaFabricadelCine Sb

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