Los años sesenta cubanos

 

 

Esto era allá por el año sesenta y algo. Ni lo recuerdo con nitidez ni me importa recordarlo. Sé que me enamoré locamente de La Habana y de todo lo cubano. Y en el 2002, unos jueces franceses, cuya severidad es harto reconocida, demostraron que también tienen su corazoncito repleto de romanticismo al decretar que la denominación La Habana no puede utilizarse así como así, ya que es “una imagen prestigiosa y voluptuosa”. La cuarta cámara de apelación de París, sección A, ha hecho publicar en la prensa francesa una sentencia que dice: “Considerando que la elección por la sociedad ARAMIS del término HAVANA para promover un perfume destinado a los hombres no es una pura casualidad sino que traduce la voluntad deliberada de la sociedad de vehicular… la imagen prestigiosa, voluptuosa y de buen gusto que tienen los puros HAVANA y se desprende de sus espirales de humo…” Teniendo en cuenta estas consideraciones, el tribunal decide que “al utilizar la denominación HAVANA para designar perfumes y cosméticos, las sociedades ARAMIS Y ESTEE LAUDER atentan contra la apelación de origen HABANA”. En plena guerra de Afganistán que parece a punto de extenderse a otros países vecinos, creando una miniguerra mundial a escala de una parte importante de la tierra, cuando los argentinos echan a la calle a su presidente empujados por el hambre, jueces parisienses, pese a tener fama de ser más cartesianos que nadie, hacen un alto en el camino de la catástrofe para decir alto y fuerte que no se puede jugar con los sueños. El nombre de La Habana, como el de París, está asociado a un montón de películas, desvanes de sueños, que se conjugan con el exotismo de los desvelos de europeos y ciudadanos de muchos otros rincones del mundo. Ya quedan poco lugares que transporten las mentes. Prueba de ello es que por las antenas parabólicas de la televisión circulan reportajes dando un halo romántico hasta a la isla del diablo, un cacho de tierra perdido en el mar Atlántico donde los franceses no consiguieron que se pudriera el capitán Dreyfus, acusado en el siglo pasado de traidor y, probablemente sobre todo, de judío. Se invita a los turistas a buscar sensaciones fuertes en un islote donde no queda más que el recuerdo de un prisionero aburrido. Pero si se quiere “disfrutar más”, el masoquismo está a la orden del día: visiten el que fuera penal de la Guyana francesa, donde se deportaban a todos aquellos individuos que causaban problemas a la sociedad de los ricos. Del mismo modo que los británicos deportaban a destajo a Australia a personas del mismo calibre.

Cuando un europeo habla hoy del Caribe – los viajes organizados ofrecen ese lujo por unos pocos de euros—se encandila con La Habana y si es playero con Varadero, pero de ahí no sale. La República Dominicana se le antoja demasiado turística. Dentro de la desgracia del infame bloqueo norteamericano, los europeos prefieren Cuba y, sobre todo, La Habana, donde algunos hasta tienen una “residencia”, un lugar adonde ir fuera de los circuitos oficiales de hoteles.

Recuerdo –y que se me perdone mi onanismo—la primera vez que estuve en La Habana. Me alojé en el Hotel Capri y el jefe de recepción, más fino que cualquier colega suyo de un hotel suizo, que es el no va más, me aseguró que estaba ocupando la misma habitación, aunque probablemente no la misma cama ni el mismo colchón, apolillado por el tiempo, que el ídolo de mis entretelas, Frank Sinatra. Luego me enteré de que los mafiosos norteamericanos, del que Frankie era amigo, solían reunirse en el Hotel Nacional, y me mudé. En estos tiempos de cambio de moneda, de intentos de unificación de culturas tan múltiples como las que conviven malamente en Europa, los europeos sueñan más que nada con los países donde se les ofrece una manera de vivir distinta, sobre todo donde se les acoge con ese cariño caribeño que tanto se parece a las viejas usanzas europeas, esas de hace años, cuando las guerras balcánicas no bautizaban a sus hijos con sangre.

Recuerdo una vez en un comedor del Nacional de La Habana. Estaba cenando con una dama por la que yo bebía los vientos pero que no me hacía ni puñetero caso. El pianista nos embebía con Manzanero y aquella tarde en la que vió llover y ella no estaba. ¿Cómo podría vivir un rato como aquel en esta vieja Europa que huele a formol? Aquel día, como tantos otros, yo estaba al límite de esa embriaguez que procura el alcohol. Era feliz y eso me bastaba, ahora estoy en una isla africana del sur de España, del fin del mundo de la Europa unida y soy infeliz.

Por todo esto, como dirían los jueces franceses, es evidente que los nombres de ciudades que todavía hacen soñar, Río de Janeiro, La Habana, París, Roma, Casablanca, deberían estar prohibidos para cualquier otro uso que no sea dar riendas de alegría a la imaginación.

Decir estas cosas en una crónica escrita para la agencia de prensa cubana Prensa Latina –ya ven que no me oculto bajo las faldas de nadie—me valió un disgusto muy desagradable. Husmeando por Internet me tropecé con un artículo publicado por un organismo de cubanos en Estados Unidos, que por lo que he deducido y casi comprobado no andaba muy lejos de los intereses norteamericanos oficiales, de la política pura y dura de Bush, en el que su autor, un cubano que vive en La Habana me ponía a parir porque pretendía más o menos que en mi delirio por la capital cubana yo había olvidado que hay gente que no come y que los cubanos en general lo pasan mal económicamente. Como si pudiera olvidarlo. Este incidente me ha hecho pensar, entre otras cosas, que la maledicencia de ese señor que si llego a hablar bien del régimen castrista me hubiese pateado el hígado con su máquina de escribir, podría probar que Fidel Castro permite una cierta libertad de expresión que todos le negamos en Occidente. Porque, digo yo, ¿cómo alguien que vive en La Habana y es cubano puede permitirse esos ataques a través de órganos anticastristas sin que le dejen? Y como mi obsesión por la manipulación de la información se ha convertido en dos libros he llegado a pensar que tal vez ese ataque feroz, al que siguió otro tras una respuesta mía bastante siniestra, podría ser sencillamente una manipulación. ¿Una manipulación de quién? Bueno, esto es harina de otro costal o por lo menos otro cuento.

Aunque llevo años estudiando a fondo la manipulación de la información, nunca había podido imaginar que los manipuladores del gobierno de Estados Unidos me pudiesen incluir en lo que yo llamaría una lista de “terroristas intelectuales o culturales” simplemente por haber escrito un artículo sobre los encantos de La Habana. Mi error cuando dije que la capital cubana sigue haciendo soñar a los europeos fue olvidarme de que es la capital de Cuba y Cuba el país que quita el sueño a George Bush, sobre todo desde que aparentemente se le escapan las posibilidades de distraerse empleando sus fortalezas volantes para aplastar Siria lo mismo que hizo con Afganistán. Un tal señor de cuyo nombre no quiero acordarme vio aquel artículo y no tardó en señalarlo a una organización llamada CubaNet News, Inc.. que confiesa depender financieramente del National Endowment for Democracy (NED), el cual tiene su sede en Washington, imagino que a dos pasos de la sede de la CIA en Langley. El NED se define a sí misma con “una organización privada sin fines de lucro creada en 1983 con el fin de fortalecer las instituciones democráticas alrededor del mundo, a través de esfuerzos no gubernamentales”. Pero explica con una candidez digna de mejor causa que recibe anualmente fondos del Congreso norteamericano. Un detalle sin la menor importancia, por supuesto, porque de algo hay que vivir.

El artículo del tal señor lo acabo de encontrar en francés en Internet y está datado de enero pasado. Es decir que previamente fue probablemente divulgado en español y en inglés. Pasando por alto que lo mío era una evocación romántica de una de las capitales que pese a los esfuerzos del gobierno de Estados Unidos sigue siendo propia para despertar la imaginación como Casablanca o París, el autor del panfleto dice que “la visión del crítico cultural español (un servidor) es, sin duda la que se observa desde los hoteles lujosos y otros centros turísticos reservados a los extranjeros, en los que los cubanos sólo pueden tener un lugar de servidores”. En los grandes hoteles de Londres y París suelen alojarse extranjeros en su mayoría y quienes les sirven son ingleses o franceses.

Yo juro por mi fe que el gobierno cubano nunca me ha invitado a visitar esos “centros turísticos reservados”. Voy a enviar un correo electrónico al inefable señor, que se dice Licenciado, aunque no se en qué, tal vez en ese sutil arte de la manipulación que Goebbels, brazo derecho de Hitler tan bien enseñó al mundo y que Bush ha hecho suyo al reconocer a través de algunos de sus lugartenientes que manipular las noticias es lícito y necesario, para pedirle detalles ya que al parecer él conoce esos paradisíacos e inaccesibles lugares.

Aunque me temo que ahora que soy una especie de “terrorista intelectual” por haberme extasiado delante de las bellezas del Vedado, de los atardeceres del Malecón o de las tardes habaneras todo es posible. Desde aquí quisiera facilitar la labor del Licenciado y sus secuaces. No sé si se atreverán a enviar fuerzas especiales para secuestrarme. Por favor, no revelen que vivo en un pueblecito llamado Fuengirola, a 15 km de Málaga. Spain, y que mi dirección es José Cubero Yiyo en este puerto perdido en el fondo de Andalucía. ¡Ah!, olvidaba precisar que mi dirección exacta es Edificio Diana 1, Esc. 2,   séptimo piso, letra A. Doy estas precisiones porque me molestaría mucho que un error de este tipo hiciera que los comandos antiterroristas –más feroces que los de Hitler—se lleven a mi vecina que es guapísima y no tiene nada que ver con mis amores por La Habana. Que ni siquiera conoce.

Sé que estas cosas deberían sonar a broma, porque si mi artículo hubiese sido un panegírico del Señor Fidel Castro habría entendido que me puteasen debidamente. Pero en los tiempos que vivimos meterse con la Potencia del Mal, aunque sea como yo lo he hecho, evocando la belleza de una capital que los norteamericanos de los años cuarenta disfrutaron como locos, no es una bobería. Por si acaso pienso depositar una copia de este artículo ante mi notario.

Pero reconozco que además de imaginativo soy severo. También hay que entender a los esbirros de Bush, desgraciadamente muchos de nuestra propia sangre latina, que tiemblan por sus empleos. Aunque la hazaña del licenciados de primera plana de estupidez. Ya hablando más en serio, estoy releyendo un artículo del 10 de abril pasado del diario español El País, que no es precisamente un periódico folclórico como tantos otros, en el que se recuerdan las repetidas agresiones de los servicios secretos norteamericanos, siempre en nombre de la patria, desde la caída de Mossadegh en Persia, las agresiones antinorteamericanas en Guatemala “que justificaron el golpe de Estado que derrocó al presiente Arbenz”, “los diversos intentos de desembarco en Cuba”….

El articulista, José Vidal-Beneyto, no pasa por alto los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos y cita el libro del francés Thierry Meyssan, quien afirmó que “los ataques terroristas fueron inspirados/impulsados/coordinados por un grupo procedente de las fuerzas armadas y de los servicios secretos USA y que la agresión al Pentágono no fue obra de un avión, sino de una explosión interior”.    El autor del artículo se apresura a decir que la tesis central del libro “es más que discutible”. De todas formas, la crónica de El País no tiene desperdicio y evoca otros hechos anteriores a la rabia de George Bush al verse abofeteado por los propios amigos de su padre, que aunque antiguo director de la CIA era algo más inteligente que su hijito.

En su edición del domingo 18 de agosto, el diario francés Le Figaro afirma que el más fiel de los íntimos colaboradores de Bush padre en su época de Presidente, Brent Scowcroft, ex consejero de Seguridad Nacional “y estratega de la guerra del Golfo Pérsico” ha gritado en el Wall Street Journal : “No ataquen a Saddam”, considerando que las pruebas que implican a Irak en el terrorismo internacional son “insuficientes”. Y digo yo, en mi locura mediática, ahora que aparentemente se hace más difícil arrasar otro país, al menos en las dos próximas semanas, ¿no podría ocurrírsele a algunas de las lumbreras de esa NED que me ha tratado de terrorista intelectual sin escribirlo que es más fácil desembarcar en la playa de Fuengirola, raptarme y meterme en Guantánamo con todos los “terroristas” sobre los que las organizaciones internacionales de derechos humanos predican en el desierto? Por si acaso, mi descafeinado de la mañana ya no lo tomo en el mismo chiringuito de la playa.

 

LaFabricadelCine Sb.

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