Guerra de jolgorio y borrachera

No llevamos uniforme. Cada cual se viste como quiera. Solo hay que estar atento a lo que sucede en el exterior y tenemos un equipo, una sola persona, que rastrea las radios en busca de noticias que nos puedan servir. La alarma recién colocada con el nombre de Pitusín en el piso nos asegura en principio una cierta tranquilidad. Porque se teme que los cacos se aprovechen del desconcierto. Somos tres que no salimos de casa en este sur de España salvo cuando hay urgencia máxima. Entonces uno de nosotros se viste como le parece, pero con mi precauciones para que las radiaciones de los bichos chinos no puedan llegan al cuerpo, y provistos de máscaras como los soldados franceses de la primera guerra mundial cuando se dieron cuenta de que los alemanes querían exterminarlos con gases. Ayer tocó domigo, calma, el sábado fue el mercadillo donde siempre hay curiosos, en general los pocos turistas extranjeros que todavía se atreven a frecuentar este campo de minas, y las mil máscaras que se desplazan con precaución para comprar algo o lo más seguro para darse un paseo. En nuestro encierro voluntario tenemos 150 metros cuadrados y todas las comodidades de una buena casa, dos baños, tres habitaciones y dos cuartos de baño. Pero, sobre todo, una terraza que es nuestra salida al exterior, desde donde se ve todo y donde nadie puede verte. Pitusin, en su jaula y bien provisto de alpiste y ensalada, canta de una forma extraña cuando ve algo raro. Toca verificar el sistema de alarma por si ha habido un descuido, lo que es muy raro.

Fuera y después de cuatro meses de sitio, de cuatro meses en las que las autoridades han impuesto medidas rigurosas, hay que andarse con cuidado. Cuando no queda más remedio que ir a un banco o a otro sitio oficial, un taxi espera con las puertas abiertas y sale pitando. Igual a la vuelta. Las suelas apenas si conocen el gusto de la acera y menos del asfalto. Nos hemos enclaustrado voluntariamente huyendo de las consecuencias del coronavirus pero lo que ocurre es que la mayoría de la gente está harta y por la noche invaden discotecas, bares y cualquier lugar donde haya algo que beber y olvidar. Crep que las iglesias cierran incluso al caer el día por temor a que el agua bendita la confundan con ginebra. Los más jóvenes son los más impacientes y los que tiene que reprimir más a menudo la policía. Las sirenas no cesan en la noche y en las ciudades con barrios chinos y mucho bar el tráfago es infernal.

Ayer el presidente de la Generalitat ha mandado cerrar todos los locales nocturnos de Cataluña, lo que hacen un montón de litros de alcohol al alcance de los audaces. Hay peleas, detenciones, multas, pero nadie hace caso o poco. En otras partes de España se siguen o seguirán medidas parecidas. Las playas, otro lugar de libertad en este sistema de opresión del coronavirus están que hay que echar a los sobrantes con porras. La policía nunca ha tenido tanto trabajo. En esta Europa que estaba tan tranquila hemos caído en la trampa de una guerra donde no hay disparos a lo más algunos palos, chillidos de histeria de los encerrados, ataques de las fuerzas del orden, extenuadas, al borde de la depresión final.

Y nadie sabe nada. ¿Que cuándo terminará esta guerra de trincheras sin explosiones de balas ni obuses sino de vez en cuando el ruido seco de las porras de los guardas que se estrellan contra la ropa de los imbéciles juveniles que no quieren comprender que se están jugando la vida con la posibilidad de un contagio fatal? Porque en esta guerra que la ONU no reconoce, ¿pero usted cree que la ONU reconoce más que los sueldos suculentos de los altos funcionarios que se les sirve por no decir y hacer menos?, no hay reglas definidas. Cuatro meses para los más prudentes de encierro domiciliario porque tú no tienes helicópteros para desplazarte. Eso es para los consejos de ministros que no administran nada o para jalearse entre los ministros, mientras el virólogo de servicio acaba de marcharse de vacaciones previo un entrenamiento de unos días de surf en el bello Algarbe de Portugal. Y ni siquiera lo buscan como desertor.

Claro que a estos encierros de unos pocos, la mayoría de la gente prefiere correr el riesgo de toparse en la calle con el bicho chino, permiten meditar. Y el que no lo hace es porque realmente es un vago de consideración. Lea lo que nunca leyó, podría ser uno de los lemas del gobierno, procree ahora que tiene tiempo, que el país necesita sangre joven. Y esto es verdad, porque cuando el bicho que nos mandaron los chinitos se haya marchado quedaremos pocos viejos. Y habrá que nombrar ministros de doce años, nacidos en el terror de la pandemia, y rehacer el país. Todo esto que les cuento desde mi terraza-mirador en lo alto de la isla africana del fin de Europa puede parecerles majaderías. Pero ya ha habido un par de patrones de bares que se han saltado los sesos desesperados de no poder trabajar. Y ahora los catalanes cierran todas las fuentes de borracheras y jolgorio. Pronto nacerán los bares clandestinos como en el Chicago de los años 30, cuando el gobierno federal había prohibido la bebida y los más borrachines se encontraban regularmente y clandestinamente, como los cristianos primerizos, en sótanos clandestinos.

Pero aquí no tenemos la esperanza de que Jesús venga a echarnos una mano. El bicho es el que crucifica a su capricho. Un amigo de La Habana me asegura que ya nos ha preparado alojamiento, Porque en Cuba las autoridades dicen que la pandemia está controlada. Algo es algo ya que en Europa está totalmente descontrolada y corre como una loca furiosa. Por lo tanto, Cuba podría ser una forma de salir de la pesadilla. Habrá que conseguir dólares y los bancos están muy desconfiados. Luego el billete de avión, que el amigo va a conseguirme comprar en La Habana invocando una vieja enfermedad que quiero me curen médicos cubanos. Todos los que se quieren marchar a Cuba me han nombrado su líder. Con mis amigos cubanos estamos preparando alojamiento, billetes, aunque haya que volver a pasar por Gander (Canadá) para que no parezca tan evidente. Y pronto, si Dios quiere, podremos lanzar la operación. Estamos preocupados por las visas, pero creo que nos arreglaremos. Y en el peor de los casos aterrizaremos como refugiados perseguidos por el coronavirus. El billete para Gander nos parece la mejor solución. Una vez allí podremos pretextar que vamos a pescar atún en Terranova. Veremos si nos dejan salir del aeropuerto.

LaFabricadelCine Sb

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