Paseando sin Benedetti

Casi veinte años antes, Mario Benedetti había paseado por las calles de Montevideo que yo pisaba por primera vez un día de un mes de un año cercano al 2.000. Ya para entonces yo sabía que era uno de los más grandes poetas de América Latina y probablemente del mundo. Pero hasta entonces quizá nos habíamos cruzado en París, él tenía casi veinte años más que yo, por donde después andarían dos personajes claves de esta historia sin pretensiones, los peruanos Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro. Por aquellos entonces nadie me hubiese podido decir que llegaría a conocer y a entusiasmarme por la poesía de aquel hombre de la sonrisa triste que escribía versos que rompían el alma. Yo entonces no había leído nada suyo. Vargas Llosa había estado dando clases en el Instituto de lenguas Berlitz de París y Rybeiro no sé de dónde salía pero los tres coincidimos a principios de 1960 en la Agencia France Presse (AFP), donde buscaban redactores jóvenes, de lengua española para lanzar hacia América latina un servicio poderoso de noticias en español. Mario tenía tres años más que yo y el mayor creo que era Ribeyro que ya los primeros días en que nos encontramos como redactores de ese servicio llamado Amsud nos enseñó algunos de sus cuentos. Mario permanecía en su rincón, muy digno, sin hacer migas con nadie.Supongo que Benedetti, cuyas luchas políticas en Uruguay contra la dictadura militar le habían llevado a un exilio y a la cárcel andaba por París o tal vez en España. Nunca había leído yo nada suyo. Porque los intelectuales eran ellos. Nosotros, los aspirantes a periodistas. no éramos más que eso, sin inquietudes literarias.Fue mucho más tarde cuando una amiga me hizo leer algo de Benedetti y quedé pasmado. Cuanta emoción, qué sensibilidad en un hombre que tanto decían había luchado y sufrido, en la cárcel, en el exilio, pero siempre con un cachito de lápiz y un trozo de papel en el bolsillo.

Pero es curioso como los destinos se cruzan cuando menos se lo piensa uno.Uno de los primeros latinoamericanos que tuve como adjunto de redacción en la AFP fue precisamente un uruguayo, Campodónico, y poco después la poeta Ingil Tempel, igualmente uruguaya. Pero ninguno de los dos me habló de poesía. Probablemente yo no les merecía la pena.

Por los alrededores del año 2.000 decidí alejarme de la AFP, y jubilarme con 60 años cumplidos, por razones muy personales y que no venían a cuento. El Desk Amsud ya había puesto rumbo a Montevideo, donde se instalaría como central en español de la AFP para toda América Latina. Yo tenía esos 60 años y Benedetti era ya un señor hecho y derecho al que le llovía la gloria. Por entonces fue cuando empecé a descubrir una poesía que me parecía tan simple, tan al alcance de casi los analfabetos que me enamoró y seguí leyéndole con pasión.

Uno de sus libros que había leído contaba su vida en Uruguay, donde trabajaba en unas oficinas en la que tenía como secretaria o más bien protegida una deliciosa muchacha mucho más joven que él y a la que ayudaba por todos los medios. Lo que tenía que ocurrir en la novela de turno sucedió, se enamoraron locamente, y el personaje arisco y solitario que era el jefe de aquella oficina se convirtió en un enamorado. En ese libro cuenta sus paseos por Montevideo, los cafés donde la esperaba, las conversaciones que tenían antes de que por fin decidieran juntarse en un piso y comportarse como un matrimonio. El personaje ya había optado por la jubilación y dedicaba toda su atención y todo su amor a aquella muchacha tímida que poco a poco se había convertido en un gran amor.

Es un libro magnífico, que desgraciadamente la imbécil de mi biblioteca, que tiene ciertos poderes aunque les parezca absurdo, ha escondido como hace cuando sabe que me ha gustado algo que he leído. Pero desde entonces Benedetti forma parte de mi vida, de mis pensamientos e incluso me ha enseñado a pensar en muchas cosas. Es imposible que un hombre, nacido de una madre y de un padre, sin poderes sobrenaturales, que escribe “Cuando veo las piernas de mi mujer creo en Dios”, no esté muy cerca de la perfección amorosa. Cuando en Brasilia tomé mi decisión definitiva de jubilarme y no optar a ningún otro cargo dentro de la AFP como temían muchos de los que ya estaban instalados en el edificio de Montevideo donde la Dirección de París había terminado por ceder, de forma sorprendente, para que se estableciera allí la sede del Amsud, borrando del mapa a París, donde había nacido, hubo mucha gente, y que no eran precisamente amigos míos, que dudaban de que yo me marchara tan joven y teniendo a la vista como había tenido hasta entonces cargos de relevancia en la AFP, pero en Paris.

Porque los latinoamericanos, especialmente argentinos y uruguayos que habían llegado tarde, cuando el golpe militar en Argentina les hizo correr a nado hacia Europa, se habían apoderado de todos los mandos y habían formado una especie de “trust”, “gang”, “sindicato” (en el peor de los sentidos, en el que podía tener los organizados por Jimmy Hoffa) donde no querían a ciertas personas. Creo que yo era el que menos querían ver aparecer, y eso que en Montevideo la Dirección de Paris, formada por periodistas de altura, les habían puesto en la capital uruguaya un director francés, que aunque el español no fuese lo suyo bastaba para tenerlos metidos por vereda. Porque desde siempre los periodistas latinos de la AFP, al menos su mayoría, han gozado de una relativa confianza total de los franceses porque les consideraban muy díscolos. Antes de que se decidiese instalar la sede del Amsud en Montevideo había habido luchas sangrientas en París y varios jefecillos partidarios de alejar el Desk de la capital francesa París habían sido guillotinados profesionalmente.

Como no se fiaban de que yo me fuese a jubilar sin más, sin intentar volver a dar a París el relieve que tenía cuando por razones muy obscuras se decidió que la sede sería en Montevideo, ciudad oscura por antonomasia, que no era ni Buenos Aires ni Rio de Janeiro, el jefe de la capital uruguaya me invitó a pasar un par de días en Montevideo para celebrar mi partida. Naturalmente, ni por un momento pensé que lo que querían era asegurarse de que me marchaba y nunca descarté que mientras yo paseaba por la ciudad del poeta. Bueno… Siempre he sido muy inocente y creído en el compañerismo y en la amistad. Después de todo, me dije, es para ellos, para unos cuantos, una manera de demostrarme su afecto antes de que los separemos para siempre. Todavía me ocurre pensarlo aunque algunos compañeros de la vieja escuela sonríen cuando evoco esta teoría. Caí en un Montevideo que me pareció sin vida, medio aburrido donde me pregunté cómo se me había ocurrido venir. Entonces entendí que había hecho el viaje Brasilia-Rio-Montevideo, principalmente para conocer a través los fantasmas del pasado a Mario Benedetti, que ni estaba en la ciudad ni se le esperaba. En realidad ya llevaba nueve años enterrado.

En compañía de una deliciosa vieja amiga y colega de la AFP recorrimos muchas calles a medida que ella me hablaba de él. Entrábamos en su café preferido, donde la novia amada debió oír tantas declaraciones de amor. Donde se cruzaron tantos besos en la luz de la tarde-noche, con el ruido de las olas que venían de la playa.

Fueron dos días de pateo por una ciudad a la que luego pensé en volver pero para quedarme para siempre. Y los dos imaginábamos cosas que el viejo decía a la joven enamorada y que podían ser “Pero vos, por favor, no te vayas”. “Y aunque no siempre he entendido mis culpas y mis fracasos en cambio sé que en tus brazos el mundo tiene sentido”. “Es tan lindo saber que usted existe”. Y esta definitiva –todas ellas andan por todas las librerías del mundo–: ·”Es una lástima que no estés conmigo cuando miro el reloj y son las seis. Podrías acercarte de sorpresa y decirme “¿Qué tal?” y quedaríamos yo con la mancha roja de tus labios tú con el tizne azul de mi carbónico”. El champán de la alegría de mis compañeros queridos que probablemente se habían cotizado para ofrecerme aquel cóctel en el que no faltaba de nada me hizo olvidar lo que decían otros en París: quieren asegurarse que Sergio Berrocal desaparecería del mapa de la AFP.

En lugar de eso me encontré con una redacción en la que yo conocía a pocos de sus miembros porque pertenecían a otra generación pero todos se portaron conmigo como si de veras despidieran a un amigo, o por lo menos a alguien por el que sentían cierto afecto y, por qué no, hasta admiración. Después de todo, yo constaba en las tablillas como uno de los fundadores del Desk Amsud junto con Vargas Llosa y unos cuantos viejos periodistas españoles que habían luchado en la Guerra de España. Cuando aquella despedida simpática y amable terminó, yo ya sabía que por lo menos había estado un par de días por donde anduvo Benedetti y quién sabe si no habría puesto alguno de mis zapatos en las invisibles y millones de pisadas que él debería de haber dejado en toda la ciudad al cabo del tiempo. Cuando nos marchamos –al día siguiente volvía a Brasil—la amiga y colega que me acompañaba soltó una risotada que duró varios minutos y que repitió con un jolgorio imparable.

-No sabía –me dijo—que tenías compañeros que te querían tanto, lo suficiente para pagarte el viaje y el hotel con tal de verte una vez más.… ¿Crees que habrán tenido que cotizarse o que los gastos los habrá pagado la dirección?

Y soltó una carcajada que en la noche desangelada sonaban como campanas de Navidad.

LaFabricadelCine Sb

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