El sobre Gris

La enorme caja de cartón verde contenía recuerdos de muchos años de periodismo, sobre todo fotos de productoras de cine sobre películas, actores. Y una excepcional serie de fotos de Salvador Dalí cuando todavía disfrutaba de su amor por Gala, aquella mujer tan extraña, tan elegante, con la que hubieses ido al Museo de Paume cogido del brazo si te lo hubiese pedido pese a que ya tenía años. A Dalí y Gala les había hecho gracia aquel muchacho que jugaba a ser periodista en el París de 1958 y que esperaba desesperadamente una ocasión de demostrar su valía en la Agencia Keystone, implantada en la Rue Royale. Era una temporada larga que aquel matrimonio sensacional, fuera de todas las convicciones, pasaba en su suite del Hotel Meurice, frente al Jardin des Tullerías, amparado por las galerías comerciales que se extendían con mucha elegancia hasta la Place de la Concordia. Aunque en Keystone le pagaban tres cuartos de nada por escribirles algunos reportajes mundanos que luego se ilustraban con fotos que el mismo recogía con su Rolleicord, el pariente pobre del Rolleiflex, que era el aparato preferido de muchos fotógrafos profesionales, su ilusión es que un día llegaran a considerarle como un periodista serio, de los que imponían respecto. Con 17 años de edad, huido por razones que nunca venían a cuento de la ciudad internacional de Tánger, al otro lado del mar, ya quería comerse el mundo. No le importaba pasar hambre de vez en cuando aunque cuando podía almorzar dos huevos duros y un café crème en la barra de su bar preferido, donde todos eran rusos, descendientes de aquellos otros rusos que emigraron cuando la Revolución rusa, se daba por satisfecho. Le tenían afecto, lo mimaban y él estaba contentísimo, aunque nunca intentó hablar la lengua de sus amigos.La caja de cartón verde que había abierto por primera vez en veinte años en un pueblo del sur de España, lo que él llamaba gloriosamente su isla africana, contenía toda aquella vida y muchas cosas más. Desde que llegó de Brasil, donde había estado de corresponsal de la Agencia France Presse –cómo se hubiesen alegrado los Dalí saber que el muchacho había conseguido por fin su sueño, la caja, a la que de vez en cuando le añadía cuadernos y cosas sin ton ni son, había estado aparcada en un rincón de lo que él llamaba con orgullo su despacho.

Una tarde se le ocurrió que todos aquellos documentos gráficos de películas célebres y menos célebres, de estrellas de cine y de estrellitas que apenas habían lucido en algún momento excepcional, a su hijo Tony, que regentaba un periódico digital, para el que se había descubierto un gran talento después de haber estudiado Periodismo en la Universidad Nacional de Brasil. en Brasilia, podían serle útiles. Pero todavía estuvo varios día dándole vueltas. Sabía, por sus muchas cosas aprendidas en Tánger, que las cosas hay que dejarlas estar. Que el destino ya se manifestará de la forma que más le guste o le convenga y cuando tú no tienes por qué esperarlo. Una caja, una simple caja de cartón comprada en un bazar indio, puede ser una trampa. La curiosidad no siempre es buena y los dioses podrían tomar su intrusión como un desplante.

Dejó volver a que pasaran los días y siguió con sus artículos, aunque la tenía a cuarenta centímetros y una boca que le decía ¡ábreme!. Habían aterrizado en este final del mundo, por lo menos el fin de Europa antes de llegar a las orillas que conducían a África, mira, a Tánger por ejemplo, y ya sabía que no había más vuelta de hoja. No lo sabía pero quizá se castigó a sí mismo metiéndose en aquel agujero de mar y sol para acaba de pensar en no pensar más. Cargaba una pesada carga, la muerte de su hija Corinne en un accidente de automóvil en Francia, una madrugada de fin de semana. Y no le quedaba más remedio aceptar que no había logrado aceptar nunca aquella perdida. Sobre todo porque cuando Corinne decidió aquella salida nocturna con su novio, para pasar probablemente luego unos días en Deauville o Trouville, se habían peleado. El estaba con relentes de un espantoso dolor de riñón, acurrucado en la cama porque siempre había sido muy aprensivo y muy cobarde. Corinne se asomó a su habitación y le pidió permiso para salir aquella noche. La maravillosa muchacha ya no era una niña sino una mocita encantadora con ganas de independencia. A él le salió el machito tangerino y se enfadó muchísimo. Pero ella se marchó,

Al día siguiente, dos gendarmes llamaban a la puerta para contar el fin de Corinne. Una pared, un despiste, entonces no había o no eran obligatorios los cinturones de seguridad. Pasaron muchos años antes de que aquel desaguisado no fuera más que una renta para el psiquiatra que en su elegante gabinete cerca del célebre Parque de los Príncipes, daba consejos de cómo no volverse de todo loco. Esa tarde de verano con coronavirus rondando por el mundo, por fin se decidió a abrir la caja, que, efectivamente, estaba repleta de fotos de cine, de aquellas que repartían los productores cuando querías que hablaras algo de su película.

Pasó unas cuantas horas mirándolas y encontró la serie sobre Dalí, que ya había olvidado dónde podían estar. En seguida se dijo que tendría que llamar a su amigo Marcelo Aparicio, periodista argentino ahora de barba blanca como salido de una lámpara maravillosa. Un periodista de los de antes que fue el primero que supo y que comunicó al mundo a través de France Presse que Dalí acababa de expirar, después de una penosa agonía. Agonía para él y para los periodistas que esperábamos. Creo que a Marcelo algo le quedó de aquel momento en que uno de los íntimos del pintor se abrazó a él sollozando, a dos pasos de donde el Maestro había expirado.

Estaba barajando las fotos de Dalí y de Gala y recordando aquel 23 de enero de 1989 en que Dalí decidió irse en busca de su Gala bonita, cuando tropezó con un sobre gris de veintitantos centímetros. Lo abrió rápidamente, con la curiosidad de lo desconocido. El sobre, que nunca había visto en aquella caja, estaba desesperadamente vacío. Al darle la vuelta vio una inscripción con letras bastante extrañas y en tinta azul, que decía: “Papa je t’aime” (Papa, te amo).

Quedó petrificado, literalmente. No se atrevió ni a volver a abrirlo, aunque no había sido pegado con cola. Y entonces lo entendió. Nadie sabe cómo, salvo ella, claro, aquel mensaje había estado encerrado en la caja sin que nunca jamás hubiese aparecido entre dos fotos como ahora. Corinne y él se habían separado enfadados, aunque a su hija nunca le había visto más que sonrisas de encanto. Pero aquella noche de la despedida, cuando él quiso evitar que se fuera, ¿sabía que iba en busca de la muerte? Imposible, nadie sabe esas cosas. Pero durante cuarenta años había tenido el remordimiento de aquel enfado último.

Ahora lo entendía. Corinne le había mandado esta carta de tres palabras para decirle que, pese a todo, le quería, que no se preocupara por ella, que sería feliz allí donde iba. Cerró la maldita caja y sintió que el oftalmólogo que le había diagnosticado ojos secos, se había equivocado. Corinne le había perdonado. Fue en busca de la botella de güisqui que todavía estaba virgen, como si hubiese esperado esta ocasión. Desenroscó el tapón de metal y en un vaso largo, que podría tener la misma edad que la niña desaparecida, se echó un buen chorreón que cubrió con una sábana de Perrier. Y bebió y bebió con ansias, como nunca había bebido.

LaFabricadelCine | Sb

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